Primero vi una, luego otra y otra más, hasta volverse incontables las mantas colgadas en las calles de la Delegación Municipal de Toluca en la que vivo. No se trata de aquellas que suele aparecer como collage grotesco en temporada de campañas políticas, sino de auténticos manifiestos de ausencia de autoridad e institucionalidad estatal. Estoy hablando de las mantas en las que los vecinos advierten estar cansados de robos, secuestros y extorsiones, así que advierten: “si te agarramos, te linchamos”.
Muy seguramente colgadas con fines disuasivos contra las acciones delincuenciales y, quizá, derivadas de acuerdos vecinales en torno de una problemática común, estas mantas se convierten en un claro desconocimiento de las leyes y en una manifiesta evidencia de la falta de autoridad para estos vecinos, un deslinde del Estado de Derecho y un posicionamiento abiertamente vindicatorio.
La advertencia es clara al sentenciar que no se entregará a las autoridades a quien sea sorprendido delinquiendo, sino que será linchado. Tomar la justicia en propia mano es un acto de rebeldía, de desconocimiento de las leyes y de la autoridad encargada de hacerlas valer.
La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, en su artículo 17, prescribe: “Ninguna persona podrá hacerse justicia por sí misma, ni ejercer violencia para reclamar su derecho”. Esta restricción de la actividad vindicatoria o de venganza es un principio básico para la existencia del Estado: se requiere que todos los integrantes de la sociedad acepten renunciar al ejercicio de la violencia, para dejarla en manos de la autoridad legalmente constituida, misma que ejercerá de manera monopólica esa violencia bajo esquemas reglamentados: detención, juicio, privación de la libertad, sanción, etcétera.
Pero, cuando un grupo organizado de personas dicen “basta”, “estamos hartos”, “los delincuentes hacen lo que quieren sin que la autoridad actúe”, así que “vamos a hacer justicia por propia mano”, estamos en presencia de un acto subversivo en el sentido más profundo del término, porque implica una inversión de lo establecido en la Carta Magna, en la ley fundamental que es la Constitución. Este fue, por ejemplo, el marco en el que surgió el movimiento de autodefensas en el vecino estado de Michoacán hace algunos años y que impactó internacionalmente por el modo en que la gente se rebeló.
Estas mantas, que ya hemos visto aparecer en casi todo el Valle de Toluca en tiempos recientes, quizá no hayan sido acompañadas de un suficiente número de casos de linchamiento como para que llamen la atención “en serio” sobre su significado profundo. Sin embargo, no puede negarse que son actos de abierta rebeldía contra la autoridad. Su justificación puede discutirse y se haría, en caso de que se hubieran multiplicado geométricamente los casos de linchamientos, pero como no ha sido así, quizá por eso son tomados como parte del folklore.
Pero que ello sea así, que la autoridad siga tan ausente y por esa razón la gente se vea en la necesidad de decirle “no te reconozco más”, debe ser tomado como un claro síntoma de que las cosas necesitan moverse, alterarse, encontrar nuevos causes de organización, legitimidad y convivencia, porque en las condiciones actuales ya no está funcionando.
Este me parece a mi un llamado de atención muy importante, porque apunta a aquello que –se supone- nos distingue como sociedad: el sometimiento de los individuos al Estado, a la ley, al orden institucional como único cause legítimo para posibilidad la convivencia armónica. Este es un tema mucho más profundo de lo que se puede plantear diciendo que el problema de la inseguridad se coloca poniendo más focos o más cámaras de videovigilancia; es un tema de legitimidad del Estado y su orden institucional.


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