La hipocresía ilustrada y los 36 años de un proyecto que incomoda

Treinta y seis años no se improvisan. No se sostienen con aplausos fáciles ni con amistades circunstanciales.
mayo 15, 2025

El resentimiento no es ideología, pero abunda como si lo fuera

El resentimiento, la envidia y la ingratitud no son credenciales, pero hay quienes las enarbolan como si fueran títulos. No pertenecen al campo de las ideas, sino al de las pasiones tristes, que diría Spinoza: afectos que disminuyen nuestra potencia de obrar y empobrecen el juicio. Sin embargo, en ciertos círculos, donde la retórica suplanta al pensamiento, estas pasiones se confunden con lucidez crítica.

Nietzsche vio en el ressentiment la semilla de una moral invertida: la del que, incapaz de crear, se dedica a negar. No desde el debate razonado, sino desde la difamación reflexiva, desde la insinuación murmurada, desde el sabotaje disfrazado de escepticismo. Es el ejercicio constante de rebajar todo lo que brilla, no porque sea falso, sino porque confronta la propia opacidad. Se odia lo admirable porque se revela inalcanzable.

A diferencia del verdadero crítico –ese que ha leído, ha vivido, ha creado y por tanto puede cuestionar con legitimidad–, el oportunista mediocre se mimetiza entre los buenos esperando que la virtud se le adhiera por cercanía. Se adueña de discursos que no comprende del todo, repite referencias sin haberlas habitado, y se parapeta en el consenso fácil de lo políticamente aceptable. Cree que estar cerca de la inteligencia lo hace inteligente, y que acusar a otros basta para esconder su falta de obra.

La ingratitud, por su parte, opera como forma de borrado: no solo de la historia personal, sino de las redes de formación, de los pactos fundacionales, de los afectos que lo sostuvieron cuando era frágil. Ingrato no es solo quien olvida, sino quien necesita olvidar para inventarse a sí mismo como figura original, sin deuda, sin pasado, sin contexto. Hay algo profundamente cobarde en esa operación: renegar del origen para fingir que uno nació hecho.

Y en la envidia —esa pasión que Harold Bloom identificó como la verdadera lectura del canónigo frustrado— se condensa una de las formas más miserables del juicio: el que no busca verdad, sino derrumbe. No se pregunta “¿es esto bueno?”, sino “¿por qué no fui yo quien lo hizo?”. La crítica del envidioso no es epistémica, es emocional; no quiere corregir, quiere nivelar por lo bajo.

El fenómeno no es nuevo, pero se ha intensificado en tiempos donde las formas importan más que los contenidos. El vacío se disimula con palabrería, el ruido con presencia digital, y el descrédito se ha vuelto una herramienta de posicionamiento. Contra eso, la única resistencia real es la consistencia: seguir haciendo bien lo que se sabe hacer bien. Porque, como escribió Simone Weil, “la atención es la forma más rara y más pura de generosidad”.

Y quien la ejerce, aunque no grite, permanece.

Tres decadas y media después, el proyecto sigue, pese a ellos

Treinta y seis años no se improvisan. No se sostienen con aplausos fáciles ni con amistades circunstanciales. Treinta y seis años implican una ética del trabajo, una voluntad crítica, una estructura intelectual que no ha necesitado pedir permiso para decir lo que piensa, ni disfrazar de cordialidad lo que debe ser confrontación. El proyecto CAMBIO–AD no solo ha sobrevivido: se ha consolidado. Y eso, precisamente eso, es lo que algunos no soportan.

No soportan la duración, porque ellos fueron breves. No soportan la coherencia, porque ellos fluctúan. No soportan la claridad, porque ellos viven del equívoco. Están los que se fueron porque no les alcanzó, porque les pesó el rigor, porque les pareció más rentable la comodidad del silencio o la adulación del poder. Están también los que nunca entendieron y fingieron entender: los que repitieron palabras como si fueran claves mágicas, esperando que la forma les diera el fondo.

Más patéticos aún son los que se quedaron solo para ser observados, exhibidos, diseccionados. Aquellos que creyeron que podrían hablar el mismo idioma sin haber leído los mismos libros, sin haber hecho el mismo recorrido, sin haber pagado el mismo precio. La simulación tiene fecha de caducidad. Tarde o temprano, el lenguaje los delata. Porque no se puede impostar una conciencia, ni sostener un discurso crítico sin haber sido tocado por el conocimiento y la responsabilidad.

Hoy vociferan, no porque estén siendo perseguidos, sino porque han sido visibilizados. Y como decía Cioran, “no hay peor castigo para el mediocre que ser visto tal como es”. Por eso su furia es tan desproporcionada, tan histérica, tan rencorosa: no es una crítica, es un berrinche. No es una diferencia de ideas, es una súplica infantil de reconocimiento. Lo que más les duele no es ser señalados, sino haber quedado fuera de la conversación real.

En estos 36 años, CAMBIO–AD no ha negociado con la mentira, ni ha cedido a los dictados de la moda o la corrección conveniente. Ha sido un proyecto sostenido en la lucidez, en la crítica con raíz, en una pedagogía pública que incomoda porque exige. Lo que hacemos no es entretenimiento, es interpelación. Y eso no se perdona fácilmente en un ecosistema que prefiere la palmada al cuestionamiento, el lugar común a la profundidad.

Pero como recordó Ryszard Kapuściński, —quien no escribió sobre periodistas, sino sobre seres humanos capaces de mirar el mundo con responsabilidad—:

“Para ser buen periodista hay que ser ante todo una buena persona. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. No pueden porque no comprenden al otro, no pueden porque en el fondo no lo respetan”.

Y aunque la mentira esté bien montada, no se convierte en verdad. El tiempo, que no tiene prisa, pone a cada quien en su sitio. Pero no es el tiempo solo. Es la sociedad —con su memoria, su criterio y su necesidad de verdad— la que al final, sin estruendo, decide quién queda y quién sobra.

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