La sociedad cortesana y la mala costumbre de empoderar al malandrín

Los casos de Metepec y Tenancingo son más que escándalos políticos. Revelan una contradicción profundamente mexicana: condenamos los abusos del poder cuando ya ocurrieron, pero seguimos premiando las conductas, valores y personajes que suelen producirlos.

Hay una tentación permanente en la vida pública mexicana: creer que los problemas comienzan cuando aparece el personaje equivocado. El alcalde abusivo. El gobernador corrupto. El funcionario arbitrario. El cacique de ocasión.

Es una explicación cómoda. También es falsa.

Fernando Flores en Metepec y Nancy Nápoles en Tenancingo no son el origen del problema. Son apenas su manifestación visible. El síntoma. La fiebre. Nunca la enfermedad.

La pregunta verdaderamente importante no es por qué ciertos políticos abusan del poder.

La historia humana respondió eso hace miles de años.

Porque pueden.

La pregunta relevante es otra:

¿Por qué una sociedad permite repetidamente que personas así lleguen al poder?

Dos hombres en un evento formal, uno de ellos levantando la mano mientras sostiene un documento, y el otro hablando con un micrófono.

La respuesta obliga a mirar mucho más abajo de la coyuntura. Más abajo de los partidos. Más abajo incluso de la política.

Obliga a mirar la cultura.

Toda sociedad educa a sus integrantes para reconocer aquello que considera valioso. Algunas premian el conocimiento. Otras la disciplina. Otras la creatividad. Otras el mérito.

México arrastra una herencia distinta.

Durante siglos aprendimos a admirar la cercanía con el poder.

No al ciudadano libre.

No a la institución fuerte.

No a la ley impersonal.

Al poderoso.

Al patrón.

Al jefe.

Al hombre que puede conseguir cosas.

Al que tiene influencias.

Al que abre puertas.

Al que resuelve.

Al que manda.

La colonia española desapareció hace doscientos años. La cultura colonial sigue sentada en millones de cabezas.

Por eso nuestras campañas electorales suelen parecer concursos de personalidad más que ejercicios de deliberación pública.

No elegimos programas de gobierno.

Elegimos personajes.

No votamos instituciones.

Votamos promesas encarnadas.

No buscamos administradores.

Buscamos salvadores.

Y los salvadores terminan comportándose como salvadores.

Esa es la tragedia.

Multitud de personas levantando las manos durante un evento, expresando entusiasmo y participación.

La democracia moderna descansa sobre una idea profundamente revolucionaria: nadie debe ser tan importante.

La ley debe importar más que el gobernante.

La institución más que el funcionario.

La norma más que el líder.

El cargo más que quien lo ocupa.

Sin embargo, gran parte de nuestra cultura política continúa operando exactamente al revés.

Cuando un alcalde llega al poder, demasiados ciudadanos dejan de verlo como administrador temporal de bienes públicos y comienzan a verlo como dueño simbólico del municipio.

Entonces aparecen las deferencias.

Los privilegios.

Los silencios.

Los aduladores.

Las redes de lealtad.

Los beneficiarios.

Los oportunistas.

Los cortesanos.

La vieja corte renace dentro de una democracia formal.

Cambian los nombres.

Permanece la lógica.

Por eso el problema jamás se limita a un partido.

El patrimonialismo puede vestirse de PRI.

Puede vestirse de PAN.

Puede vestirse de Morena.

Porque no habita en los colores.

Habita en una concepción cultural del poder.

El poder entendido como propiedad.

No como responsabilidad.

Y aquí aparece la contradicción más incómoda de todas.

Los ciudadanos suelen denunciar los abusos una vez consumados.

Pero pocas veces examinan las razones por las que los toleraron cuando todavía eran señales pequeñas.

La arrogancia que luego sorprende suele haber sido celebrada antes como carácter.

La prepotencia fue confundida con liderazgo.

La ostentación con éxito.

El culto personal con cercanía.

La obediencia con gobernabilidad.

Los abusos rara vez nacen de golpe.

Generalmente son hábitos que una sociedad decidió no corregir a tiempo.

Por eso las transformaciones políticas profundas nunca comienzan en los palacios.

Comienzan en la cultura.

Cuando una comunidad deja de admirar al poderoso y empieza a respetar las reglas.

Cuando deja de pedir favores y empieza a exigir derechos.

Cuando deja de buscar padrinos y empieza a construir ciudadanía.

Cuando comprende que la libertad no consiste en encontrar un buen amo sino en no necesitar ninguno.

La historia demuestra que las élites rara vez se reforman a sí mismas.

No ocurrió con las monarquías.

No ocurrió con las aristocracias.

No ocurrió con las oligarquías.

No ocurrirá con la clase política.

Las élites cambian cuando la sociedad modifica los incentivos que las producen.

Por eso el verdadero debate detrás de Metepec y Tenancingo no trata sobre una alcaldesa o un alcalde.

Tampoco sobre Morena o el PAN.

La discusión de fondo es mucho más antigua y mucho más trascendente.

Tiene que ver con la clase de sociedad que queremos ser.

Una sociedad que sigue buscando hombres fuertes para resolver problemas complejos.

O una sociedad capaz de construir instituciones suficientemente fuertes para no depender de ningún hombre.

Esa ha sido la gran batalla de la modernidad.

Y sigue siendo la nuestra.

Porque el día que los ciudadanos comprendan que ningún gobernante merece admiración sino vigilancia, la política mexicana cambiará más en una década de lo que ha cambiado en generaciones.

Ese día el problema dejará de ser ellos.

Y comenzará a resolverse el único problema que realmente importa:

nosotros.

Esquema de dos manos entrelazadas en un apretón de manos, representando cooperación y acuerdo.

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Mario A. García Huicochea

Mario A. García Huicochea

Periodista y columnista especializado en análisis político. Observador crítico de la realidad social y política del Edomex durante más de cuatro décadas.

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