- La hermenéutica de La Vela
- Democracia sin demos
- El banquete de Naucalpan
- La reina de la simpatía El SAT también mira Instagram
La hermenéutica de La Vela
En política, como en los viejos tratados de semiótica, nada parece inocente cuando hay demasiados intérpretes: una fotografía se vuelve alianza, una mesa compartida adquiere categoría de cónclave y cualquier conversación termina convertida en pacto sucesorio. Eso ocurrió con La Vela de Neza, la tradicional fiesta de la comunidad oaxaqueña donde coincidieron políticos de distintos grupos y procedencias: ardieron menos las diferencias que las conjeturas. Bastaron las fotografías para que comenzara la exégesis de sobremesa: quién llegó con quién, quién saludó a quién, quién quedó cerca de quién y qué demonios significaba todo aquello. Probablemente mucho menos de lo que el chismerío quiso encontrar. Freud enseñó que a veces un puro es solamente un puro; en Neza, a veces una comilona es solamente una comilona. Aunque tratándose de políticos, conviene dejar abierta la duda.
Democracia sin demos
La palabra democracia conserva una pequeña crueldad etimológica: sin demos, sin pueblo, queda solamente el kratos, el poder. Algo de eso habrá que observar rumbo a 2027 cuando los partidos mexiquenses comiencen a repartir candidaturas. PAN, PRI, PVEM, PT y MC tienen militantes, por supuesto, pero sus padrones nacionales palidecen frente a los 11.6 millones de afiliados que el INE validó a Morena; sólo en el Estado de México son casi dos millones. El dato no convierte automáticamente a Morena en una democracia interna —las masas también pueden ser conducidas desde arriba—, pero sí establece una diferencia política sustantiva: es el único partido con dimensiones de movimiento de masas. En los demás habrá que mirar con lupa cuánto deciden realmente sus militantes y cuánto terminan resolviendo dirigencias, familias, franquicias y pequeños grupos de interés. Porque el problema de elegir candidatos sin una militancia políticamente determinante no es solamente estatutario: es ontológico. Si los militantes no deciden, alguien decide por ellos; y entonces la pregunta importante ya no es cómo elige un partido, sino quién es, en realidad, el dueño del partido.
El banquete de Naucalpan
Hay municipios que se gobiernan y otros que, además, abren el apetito. Naucalpan pertenece a la segunda especie: concentra 9.9% del valor agregado censal bruto del Estado de México, el tercero más alto de la entidad, y por eso recuperar su gobierno será uno de los grandes objetivos de la oposición en 2027. No hace falta demasiada teoría política para entenderlo: el poder también tiene geografía y la riqueza le pone precio a la plaza. PAN, PRI, MC y cuantos quieran entrar a la mesa saben que Naucalpan no es una alcaldía cualquiera; es presupuesto, empresas, clase media, territorio electoral y una enorme vitrina política. Las encuestas publicadas hasta ahora muestran a Morena por delante, pero una encuesta es una fotografía, no una escritura de propiedad. Por eso Isaac Montoya tendrá que sacar pecho, pero sobre todo resultados: quien gobierna un municipio tan codiciado no compite solamente contra candidatos, compite contra todos los intereses que quieren recuperarlo. Naucalpan será un banquete en 2027; la cuestión es quién llegará como comensal y quién terminará formando parte del menú.
La reina de la simpatía
Algo le pasó a Higinio Martínez desde que llegó a la presidencia del Senado: anda como quinceañero, sonriente, lozano, dicharachero, feliz con el juguete nuevo. Atrás parece haber quedado aquel Higinio de semblante adusto, gesto de preocupación y cierta permanente querella con el mundo. Ahora concede entrevistas, opina de todo, recibe embajadores, habla de futbol, reparte consejos electorales y hasta Latinus encontró lugar en su agenda. Desde que asumió la Mesa Directiva, su exposición pública se multiplicó y el personaje parece disfrutar cada minuto del reflector. El poder tiene esas propiedades dermatológicas que todavía no estudia suficientemente la medicina: alisa el ceño, devuelve el color y hasta rejuvenece. A sus 70 años, el viejo jefe político de Texcoco luce encantado con su nueva centralidad nacional. Pero que nadie confunda tanta felicidad con un nuevo amanecer: la presidencia del Senado dura apenas un año y, como en los concursos de belleza, Higinio no es la reina de la simpatía que estrena trono; es la que ya comenzó a despedirse.
El SAT también mira Instagram
Hay políticos mexiquenses que han convertido la riqueza en una suerte de dogma de fe: son inmensamente ricos porque son empresarios exitosos y son empresarios exitosos porque son inmensamente ricos. Argumento circular, pero muy conveniente. Mansiones, departamentos, ranchos, automóviles, joyas, aviones o yates dejan entonces de ser solamente patrimonio y se convierten en narrativa: la riqueza se exhibe no sólo para presumirla, sino para legitimarla ante la opinión pública. El problema es que existe un espectador bastante menos impresionable que los seguidores de Instagram: el SAT. La Ley del ISR contempla la discrepancia fiscal cuando las erogaciones de una persona resultan superiores a los ingresos declarados, y entre esas erogaciones están precisamente las adquisiciones de bienes. Así que la pregunta pertinente no es si alguien tiene derecho a hacerse inmensamente rico —por supuesto que lo tiene—, sino algo bastante más prosaico: de dónde salió el dinero, cuánto produjo fiscalmente y cuánto se pagó de impuestos. La ostentación tiene una paradoja deliciosa: aquello que sirve para demostrar ante el público cuánto se tiene también puede ayudar a preguntar cómo se obtuvo. El que ríe al último ríe mejor; y Hacienda rara vez tiene sentido del humor.


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