Todos los grupos humanos producen distintas maneras de resolver sus asuntos colectivos. Cuando alguna de esas maneras se estabiliza con el paso del tiempo, se convierte en una institución. Es decir, las instituciones son las formas estables de gestionar la vida social. Las instituciones que tenemos hoy se gestaron históricamente y en la mayoría de los casos sustituyeron a otras maneras de organizar la vida colectiva.
Pongamos un ejemplo: durante miles de años los grupos humanos funcionaron sin escuelas; lo que los nuevos integrantes de cada grupo necesitaban aprender lo hacían en la vida cotidiana y de manera directa de otros miembros del grupo. No había salones de clase, ni horarios, ni exámenes ni calificaciones, ni certificados o títulos. Con el paso del tiempo, se gestó la idea de un lugar al que se enviara a los niños y jóvenes para que aprendieran, se concibió la idea del profesor, de las aulas, las calificaciones, etc. Hasta hoy esa es una institución que opera y en la que se tiene confianza.
La clave para entender la utilidad de una institución es qué tanto ayuda a resolver los problemas colectivos o a dar salida a las inquietudes de la sociedad en la que opera. Si todos generamos desechos y no podemos acumularlos en casa o dejarlos en la vía pública, se instituye un servicio público de recolección de basura. Si todos somos susceptibles de enfermar, instituimos un sistema de salud que tenga clínicas, hospitales, médicos, enfermeras, equipo, etc. Así es como funcionan las instituciones, pero el hecho de que históricamente unas hayan dejado de existir se debe a que ya no se correspondían con los intereses del grupo o con las dinámicas sociales. También puede ocurrir que dejen de ser confiables y por ello debe pensarse en otras.
La semana pasada el INEGI dio a conocer los resultados de su Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG) 2023, los cuales nos dan un panorama de qué tanto la ciudadanía ve funcionales a las instituciones y qué tanta confianza les tiene. Creo que vale la pena ver, de inicio, a las instituciones con más bajo nivel de confianza, porque son un indicador de que podrían requerir una reforma, o que incluso podrían estar en la ruta de dejar de existir.
De acuerdo con la encuesta mencionada, son los partidos políticos, las Cámaras de diputados y de senadores, así como la policía las tres instituciones que menor confianza despiertan en la gente. Es muy relevante este dato, porque se trata, nada menos que de las instituciones que se inventaron para representar políticamente a la población, darse a sí misma las leyes que les gobiernan y vigilar el orden público. El hecho de que menos 3-4 de cada 10 sean los únicos que confían en ellas es sintomático de que estamos en el umbral de una crisis de la que solo podrían subsistir como instituciones si se reforman o re-fundan.
En el otro extremo, el de aquellas que más confianza despiertan en la gente, están la familia, las universidades públicas y las escuelas públicas de nivel básico. Lo cual también es muy sintomático, porque la familia y su espacio, que es el hogar, se convierten en la antípoda de lo público, lo que tiene que ver con la representación política y con lo que ocurre en los lugares públicos. Igualmente, las escuelas estarían representando ese espacio en el que pueden estar más a salvo los niños y jóvenes, lejos de las calles.
Los resultados de la encuesta son muy reveladores, nos ayudan a entender muchas de las prioridades de la gente (por ejemplo, el alto porcentaje de satisfacción con el servicio de agua potable, que es cercano a 80%). Y también el deterioro paulatino de la figura de personas como los jueces y magistrados (que no cuentan con la confianza de 60% de la población) y los medios de comunicación (que sólo son confiables para 49% de los encuestados).
A mi parecer, estos resultados que el INEGI nos comparte deben ser tomados como indicadores de lo que la gente está valorando como útil. A la luz de los números y sus tendencias, a la gente le resultan útiles sus relaciones familiares, sus compañeros de trabajo y hasta los vecinos. En todos ellos tiene un alto grado de confianza, que va del 71 al 87%, según sea el caso. Y eso es indicativo de que es ahí, en al ámbito más estrecho, donde confía en que puede encontrar ayuda, apoyo y elementos para gestionar la vida. Lejos, muy lejos, ven como apoyo al Ministerio Público y a las ficalías (sólo son confiables para 39%) o a los sindicados (38% de nivel de confianza).
Siempre que la vida pública se debilite, será indicativo de que las instituciones creadas para dar cause a la participación política, a la solución de conflictos o a la regulación de las actividades humanas, están fallando. Desde luego que la reacción casi automática es refugiarse en los espacios más privados, sin embargo no es la solución. Ésta más bien tendría que ser la reforma o refundación de aquellas instituciones que deben dar solución o cause a los problemas de todos. Si sólo 49% de los mexicanos tiene confianza en sus gobiernos municipales, que son los más cercanos, es porque algo no está funcionando bien.
Si hoy los mexicanos no se sienten bien representados por diputados y senadores, o no se sienten seguros con la presencia de la policía y ven muy desconfiables a los partidos políticos, es necesario discutir cómo podemos generar figuras de representación con legitimidad, cómo replantear la función y costo de los partidos políticos y cómo re-diseñar a los cuerpos policiacos y sus funciones.
No debe perderse de vista que cada institución está inspirada en una forma de ver el mundo. El problema que tiene ello es que la sociedad es dinámica, los pensamientos y hasta creencias mutan, así que llega un punto en que dejan de ser compatibles con las instituciones, porque éstas fueron creadas bajo otras perspectivas y por generaciones anteriores. No tenemos por qué permanecer atrapados en los marcos de pensamiento que tomaron cuerpo en las instituciones del siglo pasado. Es posible re-hacerlas, re-fundarlas, re-emplazarlas.


Síguenos