Las protestas sociales en el mundo

No puede descartarse, pues, que las protestas seguirán al alza visibilizando cada vez más el descontento y confrontando al reducido grupo de “ganadores” bajo el actual sistema económico-político.
noviembre 25, 2019

Al inicio de este año, en Zimbawe, una nación ubicada al sur de África, con unos 13 millones de habitantes, el gobierno anunció un aumento en el precio de los combustibles de casi 200%, tras lo cual, la gente salió a las calles a protestar contra la medida.

Las jornadas de manifestaciones y enfrentamientos con la policía dejaron una docena de muertos, decenas más de heridos y centenares de detenidos. Luego, conforme avanzaba el año, vimos salir a las calles a la gente en Líbano, Hong Kong, Venezuela, Francia, Ecuador, España, Irak, Chile, Haití, Colombia, Bolivia, la República Checa, entre muchos otros casos. Las protestas sociales se extendieron en casi todo el mundo.

¿Hay algo que tengan en común todos estos sucesos? Pareciera que no. Vistas con un poco más de detalle, las movilizaciones masivas en todos estos países tienen demandas diversas: algunas exigen el derecho al voto, otras se centran en la corrupción, en la desigualdad o incluso hay algunas con peticiones muy puntuales. Lo único que parecen tener en común es el descontento social, una especie de sentimiento compartido de que las cosas no ocurren como la mayoría desea. En casi todos los casos, inclusive, es a partir de un evento para algunos intrascendente (como el aumento en la tarifa del transporte) que se desata tal movilización que resulta difícil de entender.

En efecto, haya sido un alza de precios, un plan de gobierno, un resultado electoral, una ley aprobada o lo que sea, se trata más bien de chispazos detonadores, o la gota que derrama el vaso de lo que la gente está dispuesta a aceptar. Millones de personas en las calles desafiando a los gobiernos ha sido una estampa recurrente en todo este año (por no remitirnos a los anteriores, que también han tenido lo suyo) y se trata –hay que decirlo- de protestas multicausales, que parecen detonadas por un suceso en particular, pero que incluyen un cúmulo de inconformidades y, en general, una crítica al statu quo.

Precisamente ahí parece centrarse el tema: el descontento social es un conjunto de emociones que convergen en la identificación de un marco de injusticia en el que la gente se siente atrapada; sea por la economía, la política, la seguridad, la salud o la suma de todas esas cosas. La serie de expectativas que la gente se forma respecto de la sociedad en la que vive, el gobierno que tiene, las leyes que le rigen, la economía que impera, parecen verse defraudadas en tal medida que se le vuelve indispensable protestar.

Tomar las calles ha sido una práctica cada vez más recurrente. Hay evidencia cuantitativa por parte de algunos investigadores de que, en efecto, de un tiempo a la fecha hay más gente protestando en todas partes del mundo. Y se trata, sin embargo, de movilizaciones cada vez más complejas, más difíciles de entender, porque ya no pueden necesariamente reducirse a una cuestión ideológica. De hecho, las ideologías se han vuelto mucho más líquidas y difíciles de aprender. Me parece que el común denominador es que la gente no se siente del todo satisfecha o cómoda con las condiciones de vida por lo que le parecen injustas.

Pero quizá lo más novedoso es que el marco de justicia identificado por la gente articula sus problemas inmediatos con realidades más globales: así, un movimiento que parece rechazar un aumento de precios, en realidad está cuestionando la injusta distribución en la riqueza en el mundo; otro movimiento que parece pedir educación al alcance de todos también piensa en el fallo histórico de la representación política; igualmente un movimiento que parece inspirado por un resultado electoral articula en su discurso la marginación y exclusión de grupos minoritarios en el mundo; y los que parecen movilizarse para impedir un megaproyecto en realidad ponen a debate el deterioro ambiental a nivel planetario.

Esta articulación de realidades locales con problemas globales parece un rasgo característico de las nuevas protestas sociales, que además se ven alentadas por la sensación de empoderamiento que han traído consigo las redes sociales, que parecen brindar a cada individuo la posibilidad de expresar su indignación por el estado que guardan las cosas como un ejercicio cotidiano. La indignación es una de las sensaciones que más prolifera en las redes sociales, vía por la cual se accede también a información de casi todo el mundo, con lo cual hay una constatación de que las cosas no van por buen rumbo no sólo en la realidad inmediata, sino que hay una necesidad de justicia global que concita a la gente a la protesta social.

No puede descartarse, pues, que las protestas seguirán al alza visibilizando cada vez más el descontento y confrontando al reducido grupo de “ganadores” bajo el actual sistema económico-político con los extensos grupos que reclaman democracia real, sea en la forma de inclusión, seguridad, educación, derechos, etc. Incluso, no debe descartarse el hecho de que el incremento en el descontento social haga de la protesta una práctica común y casi obligada ante el evidente fracaso en materia ecológica, financiera y social que tiene el actual orden mundial.

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