¿Las redes sociales son antidemocráticas?

Hace unos dos meses, en este mismo espacio reflexionaba sobre las condiciones inéditas en las que se habrán de elegir en México a miles de representantes populares en este 2018 (presidente, senadores, diputados, gobernadores, alcaldes). Decía entonces que la presencia de las redes digitales le vuelven un proceso inédito. Si bien dichas redes ya existían en elecciones pasadas, ni su uso estaba tan extendido entre la gente ni sus potencialidades estaban tan explotadas por los políticos. Las cosas han cambiado; la pregunta es si es para bien de la democracia. Veamos. Si pensamos en la vida democrática en un sentido
marzo 1, 2018

Hace unos dos meses, en este mismo espacio reflexionaba sobre las condiciones inéditas en las que se habrán de elegir en México a miles de representantes populares en este 2018 (presidente, senadores, diputados, gobernadores, alcaldes). Decía entonces que la presencia de las redes digitales le vuelven un proceso inédito. Si bien dichas redes ya existían en elecciones pasadas, ni su uso estaba tan extendido entre la gente ni sus potencialidades estaban tan explotadas por los políticos. Las cosas han cambiado; la pregunta es si es para bien de la democracia. Veamos.
Si pensamos en la vida democrática en un sentido más amplio que acudir el día de los comicios a depositar un sufragio, tenemos que imaginar un tipo de sociedad en el que tengan posibilidad de coexistir los más diversos puntos de vista y estilos de vida en condiciones de equidad, cooperación y solidaridad. En pocas palabras, no puede haber democracia en un sitio en el que una masa compacta, homogénea y monolítica ignore, discrimine o aplaste a las minorías. La vida democrática no es una condición, es más bien el resultado de la interacción de modos distintos de ver y gestionar la vida. El resultado de esa interacción debe ser un espacio en donde todos los participantes aporten y obtengan algo de los otros.
Dadas estas condiciones, resulta inevitable que en una sociedad democrática haya personas que no sean como yo, que no piensen como yo, que no vivan como yo, pero que tienen los mismos derechos que yo. Aceptar eso es algo difícil y requiere, entre otras cosas, tolerancia, empatía, colaboración y mucha discusión, en el sentido de escuchar otros puntos de vista, externar los propios y deliberar. 
¿Las redes sociales suman a estos propósitos? Pensemos: la red de redes, Internet funciona con base en algoritmos. Estos últimos no son sino instrucciones que permiten obtener algo; las instrucciones se le dan a una máquina (computadora, tablet, teléfono celular, etc.) y ella nos arroja el resultado. Entonces, un programa o una aplicación son básicamente algoritmos. De tal suerte, quienes crearon y manejan Facebook, Twitter, Google y demás programas, lo que hacen es brindar el resultado más aproximado a lo que "requiere" el internauta según sus algoritmos. Esa idea de lo que yo requiero cuando navego por Internet es obtenida recopilando y analizando la información de lo que hago en la red: qué busco, qué compro, qué descargo, qué comparto, etc. Por ejemplo, cuando yo abro Google y busco algo, este motor pone en juego más de 50 variables (que van desde la marca de mi computadora hasta el sitio desde el que me conecto o el software utilizado) para determinar los resultados de búsqueda que serán -según su algoritmo- más relevantes para mí.
Los algoritmos están diseñados para crear lo que algunos llaman el filtro burbuja (filter bubble), que impide que lleguen a cada uno de nosotros puntos de vista en conflicto con los nuestros. Como lo que analizan para determinar mi perfil y "necesidades de información" son mis propios comportamientos en la red, terminan operando para aislarme. Esos criterios prácticamente determinan como pienso y qué me gustaría leer. En otras palabras, los algoritmos obstaculizan el acceso a la información que podría desafiar mi punto de vista (lo cual, visto en términos cívicos, impide ampliar nuestra visión del mundo). Estas burbujas en las que nos cierran los algoritmos de las redes sociales tienen consecuencias en el comportamiento ciudadano: la más grave es que la exposición a un limitado contenido informativo hace que la gente crea que sus ideas son la visión dominante, normal, aceptada, y hasta única.
Como Google depura los resultados de mis búsquedas en función de las consultas previas que he hecho, lo que me devuelve son las cosas que me dejen satisfecho en términos de la información buscada. Igualmente, Facebook funciona con algoritmos que rastrean los clics de sus usuarios, lo que comparten y los contactos con los que interactúan, información de compras y transacciones para personalizar el contenido que muestra a cada usuario.
En el mundo del marketing político esto ya ha sido llevado a niveles de desarrollar  algoritmos que identifican los lugares con mayor tasa de electores susceptibles de ser convencidos por los argumentos de un candidato y hacia allá enfocan sus bots para reproducir mensajes. Pero, igualmente, como los algoritmos no pueden todavía distinguir la información verdadera de la falsa, los trolls pueden obrar libremente para difundir fake news entre aquellas audiencias que las creerán por corresponderse con sus narrativas del mundo, con su forma de ver la vida. Según algunos especialistas, esto es lo que explica, por ejemplo, el resultado en las elecciones de los Estados Unidos en donde se eligió a Trump.
No es nuevo para nadie que en la información que circula por las redes sociales ha perdido centralidad la fuente de la información y la objetividad ha sido remplazada por la emotividad (por eso utilizamos emoticones para todo). En las redes sociales la argumentación es más importante que la información; y si esa argumentación refuerza mi punto de vista, no importa que esté basada en información poco sólida, no confirmada o de origen desconocido, la acepto, la replico y, con ello, dejo abierta la puerta para que me siga llegando información de ese tipo. Es más, se acepta lo falso de un modo cómplice, porque es divertido, porque es irónico, porque es crítico. Incluso es posible tomar decisiones con base en esa falsedad.
La viralización también es un factor nuevo y tiene que ver con el sensacionalismo que suele caracterizar los contenidos que circulan en redes sociales. Dicho en términos técnicos, las redes sociales generan ecosistemas en los que la calidad de la información deja de importar y es reemplazada por la adaptación a la narrativa de cada usuario, que se robustece en la medida que sólo recibe como retroalimentación contenidos en esa misma línea.
Como puede verse, este tipo de herramientas no necesariamente ayudan a construir una esfera pública deliberativa y democrática. Sin embargo, en tiempos de campañas electorales el pragmatismo se impone y el uso que se dará a las redes sociales es clave. Me atrevo a decir que la mayoría de los usuarios de las redes sociales en México tienen una narrativa antisistémica, anti-PRI; por lo tanto durante las campañas estarán recibiendo y difundiendo información que se corresponde con ese sistema. La pregunta clave es si esos usuarios saldrán a votar o serán parte de quienes se abstengan, dejando la decisión en el voto clientelar de dicho partido, permitiendo que alcance la victoria aunque sea con menos de 20 % de la lista nominal, como ocurrió acá en el Estado de México, en el 2017 con la elección de gobernador.

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