En menos de dos meses se han perpetrado poco más de 10 crímenes contra personas transexuales en México. Todos motivados por el odio, pero la violencia que terminó con sus vidas no inició en el disparo, las cuchilladas, los golpes o la asfixia; se germinó en el rechazo familiar, en el acoso escolar, en las humillaciones en las calles, en el diagnóstico psiquiátrico que las clasificó con disforia de género o en la exclusión generalizada del Estado.
La Ciudad de México ha sido el principal escenario del país donde más delitos de este tipo se cometen, a pesar que, desde hace un año, cada 13 de noviembre se conmemora el Día de las Personas Trans, por iniciativa del Poder Ejecutivo de la capital, sin embargo, el Estado de México no es la excepción, pues hace algunas semanas una mujer trans que se dedica al trabajo sexual fue baleada en la “Capital con Valor”.
Después de la agresión, la víctima acudió al Hospital General “Adolfo López Mateos” para que la atendieran. El servicio le fue negado, aún cuando su vida peligraba, por el simple motivo que su identidad sexogenérica de mujer no correspondía con el nombre de hombre que está registrado en sus documentos oficiales. ¿Ese es el servicio de calidad en el sector salud que presume el gobernador mexiquense, Eruviel Ávila Villegas, y de su secretario en la materia, César Gómez Monje?
Su vida pendió de un hilo por un papel que el Estado le niega a la población trans. Un derecho humano que es pisoteado por la indiferencia de los diputados mexiquenses que se niegan a legislar al respecto. En el país, sólo en la Ciudad de México existe una Ley de Identidad Sexogenérica que permite el cambio legal de sexo y que, por ende, reconoce a la población trans, mientras que en el resto de la República son seres invisibles.
Pero como bien lo dice Rudy, una mujer trans que es compañera de la víctima que fue herida en Toluca: ¿Por qué nos tenemos que ir a la casa del vecino para ejercer nuestros derechos si aquí es donde vivimos y donde pagamos impuestos? Y tiene toda la razón. ¿Cuál es la justificación por la que uno tenga que irse de su hogar sólo porque allá existe en un documento y aquí no? Por más que uno intente darle vueltas a la cabeza, ello responde a la discriminación.
Sin embargo, los demonios de la discriminación no se limitan al ámbito jurídico; sus garras también alcanzan la atención primaria a su salud. Sin personal capacitado que les brinde la atención necesaria, ni gobiernos que garanticen un servicio adecuado, gran parte de la población trans se ve orillada acudir a médicos privados, siempre y cuando tengan los suficientes recursos para cubrir sus gastos.
Sus necesidades son muy grandes, pero las deficiencias en el sector público son inmensas. Desde el tratamiento hormonal hasta la realización de operaciones o la atención con un proctólogo, un urólogo o ginecólogo, en la mayoría de los casos, la atención les es negada, ya sea por falta de sensibilidad, transfobia patente o ignorancia fatídica. Ello las orilla a la automedicación y, por ende, a padecer de enfermedades crónicas e incluso la muerte.
Una de los principales problemas que enfrenta este sector poblacional es el uso de aceites o la realización de operaciones en lugares clandestinos, con el objetivo de tener el cuerpo estético que les exige la sociedad. Tan sólo cabría mencionar que un gran número de mujeres trans, por la falta de recursos o información sobre los peligros que conlleva utilizar algunos materiales, se inyectan para obtener más volumen en piernas, glúteos, senos y caderas, aceite para cocina, aceite para bebé, para coches o hasta para aviones.
Las consecuencias son fatídicas: Necrosamiento del tejido muscular, pérdida de sensibilidad en la zona, mal formación progresiva de los lugares donde el aceite se mezcla con el cuerpo, amputaciones, derrames cerebrales y muerte. ¿Entonces cómo les pedimos que se conviertan en activistas cuando su necesidad básica de salud no es atendida? ¿Con qué cara les exigimos que sigan esperando el día en que se legislen y respeten sus derechos? ¿Cómo garantizamos que su vida se proteja cuando las instituciones estatales parecen sus victimarios?
Les fallamos. Su familia les falla cuando no comprende que su identidad de género corresponde a su naturaleza humana. La comunidad lésbico-gay les falla cuando les excluye y las sobaja a “vestidas”. Los medios de comunicación les fallan cuando se mofan de su apariencia y las revictimiza con sus plumas. Las organizaciones civiles cuando no las incluimos en la construcción de la agenda de la diversidad sexual. El Estado las invisibiliza. El sistema las reduce a mero síntoma patológico. Y al final; todos las matamos con el tajo virulento de la muerte o la discriminación.



Síguenos