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Lo que un apagón nos deja ver

Lo que un apagón nos deja ver

Estamos tan habituados a accionar un interruptor y que fluya la energía eléctrica hacia nuestros focos, que poco nos detenemos a pensar sobre lo que le hace posible. El accionar, los usos y costumbres de nuestra actual sociedad están armados casi en su totalidad sobre el supuesto de que “haya luz”. En la medida que la energía eléctrica posibilita desde la elaboración de la comida hasta la continuidad de una relación emocional o una celebración cualquiera, podemos decir que está metida por todas partes. Sin embargo, ello ha ocurrido de manera tan silenciosa, con el paso del tiempo, que hoy es casi invisible, amenos que, como la semana pasada, sobrevenga un “apagón”.

Cuando el fluido eléctrico pierde continuidad, casi todo en nuestra vida se trastoca (aunque sea por lapso muy corto, pues los fallos en el suministro no duraron más allá de unas horas), sobre todo hoy en tiempos de cuarentena a causa de a pandemia: quien tenía que trabajar en su computadora no puede hacerlo, quien quería ver la televisión tampoco, quien está conectado a un concentrador de oxígeno en su casa se pone en riesgo, quien debía tomar una clase se la pierde, quien mantiene su mercancía en refrigeración se angustia, las plantas industriales entran en paro, etcétera. Podríamos extender esta lista enormemente con las cosas que forman parte de nuestra rutinas habituales y que, por falta de energía eléctrica, se ven colapsadas.

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Ese éter que es la energía eléctrica (porque nadie la ve, pero observamos su funcionamiento) está eslabonado con tantas acciones en lugares tan distantes a nuestra vida, que ni siquiera lo imaginamos, a menos –ya dijimos- que venga una falla y haya necesidad de exhibir todas las redes sociotécnicas que les sostienen en la conferencia de prensa que todos los días ofrece el Presidente de la República. Así es, desde palacio nacional, un conjunto de ingenieros y gerentes de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y del Centro Nacional de Control de Energía (CENACE) nos exhibieron parte del entramado tan complicado que debe operar con alta precisión para hacer posible que todos desarrollemos nuestras vidas cotidianas basadas en la electricidad.

El volumen de personas, recursos, intereses, materiales, artefactos y demás elementos involucrados es tan impresionante que lo olvidaremos (una vez más) en cuanto el fluido eléctrico se normalice. Según se explicó, la causa de los “apagones” fue la falta de gas que se emplea en las plantas generadoras de energía eléctrica. ¿Y por qué no había gas? Debido a una intensa e inédita ola invernal que colapsó las plantas de donde proviene ese combustible (ubicadas en los Estados Unidos). Entonces, la suspensión de la entrega de gas que proviene de Texas, hizo que la CFE no tuviera materia prima para producir la energía eléctrica que nos llega a todos de manera constante y, por ello, inadvertida.

Esto significa que encender mi licuadora en casa está condicionado a que en Texas, a miles de kilómetros de distancia, no se congelen ductos o caiga una nevada que detenga la producción de gas. Igualmente requiero que haya gente especializada que transforme quién sabe cómo ese gas en electricidad, la conecte a una red, que la misma opere y que traiga esa energía hasta mi casa. La trama es tan compleja que la obviamos y sólo lidiamos un poco con ella cuando tenemos que pagar el recibo cada bimestre.

¿Y por qué no había gas? Debido a una intensa e inédita ola invernal que colapsó las plantas de donde proviene ese combustible (ubicadas en los Estados Unidos)

Pero, parte de esa red que hace posible que haya fluido eléctrico en los hogares incluye a las empresas petroleras texanas, al gobierno de aquel país y sus intereses geopolíticos, a los grupos empresariales mexicanos o asentados en México, a los partidos políticos, a los ingenieros, a las cuadrillas de trabajadores. En una palabra, a toda una red sociotécnica mucho muy extensa. A causa de un fenómeno meteorológico no visto en muchos años, ha sido posible exhibir la dependencia energética que tenemos con respecto a los Estados Unidos, han sido visibles las decisiones tomadas por políticos mexicanos en las últimas décadas para conformar un sistema eléctrico demasiado frágil, hemos visto aunque sea por un momento la extensa red de plantas generadoras de energía eléctrica que hay en el país y pudimos o confirmar que funcionan con energía fósil. También de paso ha sido posible identificar a ciertos grupos de interés solicitando “cambiar el negocio” hacia fuentes “limpias”, basadas en el aire o el sol, por ejemplo, pero que no dejan de ser un negocio.

Entonces, en medio de la crisis provocada por la falta de energía eléctrica se nos ha vuelto visible un andamiaje frágil soportando la vida en el país: si cierra la llave los proveedores de gas estadounidenses, nos ponen en grave riesgo de colapso social y económico. No es una decisión política del todo (no es algo que decida el presidente de aquella nación), pues básicamente es un negocio; pero en otro lado hay otros empresarios empujando para que sea su negocio el que impere: el de las energías limpias. La tensión es permanente, pues antes de los empresarios del gas, que lograron hacerse con la renta de vendernos su producto, hubo otros procedimientos empujando por ser los elegidos para producir la electricidad.

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La energía eléctrica que consumimos, entonces, no está compuesta sólo de materia sino de técnica, de política, de capitales y sus rentas. Todos ellos se despliegan en unas redes tan complicadas que es más cómodo para todos ignorarlas e invisibilizarlas. Sin embargo, los apagones nos han permitido, aunque sea un ratito, asomarnos al país invisible, porque la vida social que vemos y experimentamos todos los días está soportada por redes que articulan lo material con lo humano, que no vemos, pero que sí empleamos.

Deshacer la red que nos tiene dependiendo del gas texano no va a ser fácil ni pronto. Migrar a “energías limpias” nos hará depender de otros factores y brindará oportunidades de negocio a otros grupos. Es la condición de la vida social extendida: dependemos absolutamente de redes sociotécnicas muy complejas; y el día a día como acostumbramos vivirlo es demasiado frágil, aunque en su curso acople instituciones, objetos, procedimientos, materiales, etc.