Las campanas repican en lo alto. Los tambores de guerra resuenan. La ola de odio se cimbra sobre aquellos que no son heterosexuales. El día está marcado: 10 de septiembre. Ese día, con ignominia, aquellos regidos por la intolerancia y el prejuicio absurdo, saldrán a las calles, no para defender sus “principios”, sino para atentar contra los derechos de quienes forman parte de la comunidad Lésbico, Gay, Bisexual, Travestí, Transexual, Transgénero e Intersexual (LGBTTTI).
Vergonzoso. No hay otra palabra que describa la embestida inquisitorial por parte de la Arquidiócesis Primada de México y del Frente Nacional por la Familia, no sólo en contra de la iniciativa de ley que busca legalizar el matrimonio igualitario en todo el país, sino del Estado laico, de los derechos humanos y de la libertad de los ciudadanos de amar.
¿Por qué nos toma por sorpresa que el cardenal Norberto Rivera despotrique contra los gays, cuando en más de una ocasión ha demostrado que no conoce de amor, misericordia o piedad? ¿Por qué nos extraña que el obispo de Toluca, Francisco Javier Chavolla Ramos, encienda la hoguera contra las lesbianas, cuando el cartel que recrimina a las mujeres en la catedral, es muestra de su alta misoginia?
¿Por qué nos asombra que el obispo de Veracruz, Luis Felipe Gallardo, convoque a una marcha multitudinaria para “defender la familia natural”, cuando hemos sido testigos de su silencio cómplice con el gobierno represor de Javier Duarte? No, la homofobia de los líderes eclesiásticos no es nueva. Siempre estuvo ahí. Silenciosa y sigilosa entre las sombras de crucifijos, sotanas y confesionarios. Hoy, su propagación es virulenta y peligrosa.
Pero no nos confundamos. Ellos, por más intentos que realicen, por más empeño que impulsen: No son la Iglesia. Creer que todos los católicos mexicanos son homofóbicos per se, resulta en una lectura simplista y superficial. La raíz de su odio no es la religión. Ésta es tan sólo un síntoma social de la homofobia que proviene de un sistema patriarcal, heteronormativo, misógino, machista y violento.
Lejos de las creencias que cada uno decide elegir. SI se cree en el cielo o el infierno. En un Dios o en muchos. La mayoría de los sistemas religiosos en el mundo se rigen bajo el principio del amor. Y por ende, las expresiones discriminatorias de líderes católicos en México o de los autodenominados “defensores de la familia” carecen de él, pero abundan en odio. El amor al prójimo no lleva condiciones. ¡Congruencia, sacerdotes y padres “mochos” de familia!
Lo reiteramos, la religión no es causa natural del odio. Si no, cómo entender la postura del obispo de Saltillo, Raúl Vera, quien calificó las marchas del 10 de septiembre como “eminentemente homofóbicas”, o del padre defensor de los migrantes en México, Alejandro Solalinde, que reconoce en “quienes más fustigan a los homosexuales, son encubridores de pederastas”.
¿Por qué no escuchar más la voz de Vera y Solalinde y no la de Rivera y Chavolla? ¿Por qué no abrir los brazos de la Iglesia en lugar de dar portazos a jóvenes gays, lesbianas, bisexuales y trans que buscan ser escuchados porque en sus hogares han encontrado el rechazo? No. Rivera, Chavolla, Gallardo, Valdemar, ni el Frente Nacional por la Familia son “soldados de Dios”. A todas luces, ustedes son lobos con piel de oveja.
Y aclaremos algo. La comunidad LGBTTTI no quiere casarse bajo el agua bendita, ni tampoco busca el respeto exiguo de la Iglesia o de los frentes narcisistas. Exige y exigimos que deje de meterse en nuestras vidas. No buscamos la salvación eterna, pedimos que dejen de propiciar odio disfrazado de libertad de expresión. Demandamos ser iguales ante la ley sin distinción alguna.
Si marchamos por algo, hagámoslo por la igualdad, no por la discriminación. Si marchamos, hagámoslo a lado de Solalinde o de las familias que se basan en el amor y no subyugados a los caprichos de curas que bendicen armas o solapan criminales. Mucho tiempo nos cuesta y ha costado salir del clóset para que hoy algunos busquen regresarnos a los sótanos de la opresión. No lo permitiremos. No todos los católicos son homofóbicos. México debe demostrarlo.
“Muchas gracias por leernos en Alfa, esperamos sus comentarios en nuestro Twitter @FDCRadio”


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