Los candidatos quieren un baño de pueblo

Los candidatos han decidido bañarse de pueblo. Están en las pautas de televisión, en el taladrante spoteo, en cientos de espectaculares y publicaciones, en mítines de mediana concentración, pero también en la calle. Y allí van. Con sus pesados y lentos acompañamientos. A los mercados, a las plazas, a los portales de Toluca, a las colonias populares… Van pregonando, presentándose, abrazado, dando la mano, sonriendo para un lado y para otro y diciendo, como profetas de nuevos tiempos, que son el cambio. A un lado han dejado las concentraciones masivas. A un lado los mítines estruendosos llenos del acarreo en
abril 11, 2017

Los candidatos han decidido bañarse de pueblo. Están en las pautas de televisión, en el taladrante spoteo, en cientos de espectaculares y publicaciones, en mítines de mediana concentración, pero también en la calle.

Y allí van. Con sus pesados y lentos acompañamientos. A los mercados, a las plazas, a los portales de Toluca, a las colonias populares… Van pregonando, presentándose, abrazado, dando la mano, sonriendo para un lado y para otro y diciendo, como profetas de nuevos tiempos, que son el cambio.

A un lado han dejado las concentraciones masivas. A un lado los mítines estruendosos llenos del acarreo en autobús, en combi, en camionetas prestadas.

Los candidatos a la gubernatura del Estado de México se mueven ahora en las franjas de la periferia. Van a Chimahuacán, a Ecatepec, a Cuautitlán, a Naucalpan, y van anunciando que ahora sí se podrá.

Van a pedir el voto a los sitios con los que más deudas tienen. No se les ve en los fraccionamientos residenciales. No caminan los campos de golf. Ni están en los restaurantes de cinco estrellas cuya cuenta sólo ellos podrían pagar. Están en el sótano de la sociedad. Y hablan a un electorado que los mira de soslayo, con incredulidad o con franco escepticismo.

“A ver si ahora sí cumplen”. Dicen unos. “Hay problemas de seguridad”. Dicen otros. “Dame trabajo”, otros más. “Por aquí nadie viene”. Reprochan. Y así se va tejiendo una escena única de proceso electoral. Irrepetible para quien logra el cargo y también para quien lo pierde.

Los candidatos han decidido fotografiarse, filmarse, transmitir “en vivo” sus encuentros con la gente. Con el pueblo. Un pueblo que ya vio antes la misma película y sabe, sin duda, como terminará.

¿Y a qué van con la gente? Dicen que a escucharlos. Y así, escuchan uno, dos, tres  minutos y luego siguen su camino. Andan de prisa, porque saben que en campaña, el tiempo es oro.

Josefina va a un mercado y compra kilos de galletas de animalitos. Del Mazo va con los mazahuas y les pregunta si son beneficiarios de algún programa social. Delfina invita a uno que otro, una torta de tamal, conocida como “guajolota”. Teresa Castell monta a caballo. Oscar González promete penas de muerte. Isidro Pastor, se toma fotografías con amigos de tiempos del PRI.

Los candidatos, sus equipos, asesores, intuyen la enorme necesidad que tiene la clase política de mostrarse cercana a la gente. De abatir, aunque sea por un momento, la distancia que existe entre un legislador o alcalde, con un abarrotero, un taxista, un comerciante.

Y pese a sus intentos no se registran encuentros festivos. El pueblo que quieren gobernar los ve con indiferencia. Incluso con reclamo. Solo en aquellos auditorios, ganados de antemano, llenos de militantes pagados, encuentran la respuesta explosiva, que parece una convicción.

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