Los nadies… una vida de pepena

El poeta uruguayo Eduardo Galeano escribió en 1940 el poema “Los Nadies”, en el cual refería la vida de los pobres, “los hijos de nadie, los dueños de nada… los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos”. El traje, en dicho párrafo, ciñe a quienes habitan la calle Felipe de Jesús de la colonia Las Jaras, en el llamado “Pueblo Mágico” de Metepec. Son niños, jóvenes y adultos. “Los nadies” con tareas bien repartidas, con roles definidos y futuro incierto. Ellos, con su piel color a tierra y aroma a podrido, saben que pasarán
abril 15, 2017

El poeta uruguayo Eduardo Galeano escribió en 1940 el poema “Los Nadies”, en el cual refería la vida de los pobres, “los hijos de nadie, los dueños de nada… los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos”.

El traje, en dicho párrafo, ciñe a quienes habitan la calle Felipe de Jesús de la colonia Las Jaras, en el llamado “Pueblo Mágico” de Metepec. Son niños, jóvenes y adultos. “Los nadies” con tareas bien repartidas, con roles definidos y futuro incierto.

Ellos, con su piel color a tierra y aroma a podrido, saben que pasarán campañas políticas, con su cúmulo de promesas, con juramentos que jamás se cumplirán, al menos no para ellos, y que quienes gobiernan se mantendrán ocupados en hacer que el “Pueblo Mágico” se vea “bonito”, lejos de ellos, de la basura, de su diario juego por la sobrevivencia.

En esta sociedad de contrastes, de máscaras y mascaradas, las fichas de dominó se derrumban poco a poco. El combate para sobrevivir en el presente es cada vez más difícil; a unos les enseñan que “competir para ser el mejor” les llevará a una vida exitosa y de lujos; a los otros, los marginados, les dejan fuera de toda alternativa.

Dos vías, donde está el que es aceptable y al que siempre se verá con desprecio al que suelen llamar “basura social” por el simple hecho de buscar sobrevivir haciendo lo que pueden, lo que otros no quieren hacer.

“No se ven bien en este pueblo mágico que recibe extranjeros”, se dice. Pero de lo que no se han dado cuenta quienes cuestionan sin ambages, es lo importante de su labor.

Metepec es ejemplo acabado de inequidad, de contrastes. Es un municipio en el cual quienes lo han gobernado, del signo político que sean, se ocupan más de la imagen por lo cual dejan de lado, al margen a los trabajadores de la basura, quienes hacen la labor que el gobierno municipal no realiza.

En los suburbios, a espaldas de fraccionamientos de lujo, trabajadores con el rostro impregnado por el olor que desprende el petróleo del chapopote, realizan lo que será el boulevard “Sor Juana Inés de la Cruz”, antes conocido simplemente como calle Uruapan y es en dicha zona, en una de las calles transversales, donde está la Felipe de Jesús.

Es inevitable no darse cuenta de su existencia; desde la primera casa hasta el fondo de la cuadra nos reciben con cartón, plástico, bolsas enormes de desperdicio, chatarra, camionetas en fila y, atados a una cadena enorme, perros de pelea.

La valentía de pasar por enfrente de los perros y comenzar a platicar con Israel Sánchez, quien durante 16 años ha trabajado en recaudar y separar basura de su localidad, genera confianza y empatía, pero también tristeza al pensar que desde niños se les enseña a pepenar y que la educación queda colgada en un perchero.

Las casas van de un tono  gris al amarillo. Algunas están en obra negra, todas cubiertas de “basura” que impiden el paso.

Hay contrastes: mientras se adentra en la calle, resalta una casa anaranjada de dos pisos y contorneada de plantas, mientras que la contigua su acceso es entre cartones y botellas.

En la primera nos recibe Josefina Alvarez, con mirada optimista y recordando que no hay vuelta atrás; años de trabajar en lo mismo, “solo vamos al día con 200 pesos, si bien nos va” platica la señora con voz desagarradora, mientras que su nieta lava trastes en una enorme pileta.

 

La señora Josefina no olvida el momento que el ex presidente de Metepec les ofreció ayuda, las palabras del ahora candidato para el estado, Oscar Gonzalez Yañez, se esfumaron. Ahora la vida sigue y el presente no perdona.

 

Los perros te siguen con mirada retadora y el miedo que vas desprendiendo es cada vez mayor cuando estás en las entrañas de la calle, porque ellos lo huelen.

El siguiente encuadre que se obtiene son dos cuartos: un baño y una recámara. Ahí crecen tres niños, Antonio Hernández y su esposa. Inconformes desde siempre con el gobierno, molestos por la apatía de los que prometen y sometidos por la necesidad. Sólo cabe esperar a que llegue el día con una pequeña luz de esperanza y volver de nuevo a trabajar.

 

Al llegar la tarde también ingresan las camionetas con “basura” y sigue la labor, separar los desperdicios y clasificarlos.

 

Un corredor que se distingue por la pared alta de desechos y dos personas sentadas eligiendo, entre los cerros de botellas, lo que es para vender y lo que ya no sirve. El sol cae a plomo y la lona es lo único que los protege.

Entre más se adentra en la calle, queda al descubierto, detrás de la enorme pila de desperdicios, casas más pequeñas; la basura las cubre casi en su totalidad.

José Juan Hernandez, un hombre que en su piel se notan los 60 años de labor en la pepena, muestra que no hay otro camino para una vida mejor más que seguir recolectando basura para pagar alimentos, salud, gasolina y la entrada para el tiradero de Calimaya.

La indiferencia que muestra José ante los políticos es notoria y, con un poco de orgullo, dice que ellos se encargan del trabajo que el gobierno no realiza.

La hora de la comida se aproxima y la señora que sale de uno de los cuartos no quiere platicar, puesto que va a la tienda a comprar su Coca.

El sol pega fuerte; el hedor resulta insoportable, mientras la gente, los moradores de la calle conocida como “Los basureros”, siguen con su rutina, sin futuro, sin alicientes.

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