Otro de mis narradores mexicanos favoritos es, sin duda, Jorge Ibargüengoitia; bueno, más vale poner escritor, pues no sólo en sus cuentos y novelas aparece esa veta irónica y divertidísimamente cruel, que retrata como pocos la idiosincrática mexicanidad (lo que sea que esto implique). Y esto fue claro desde su primera novela, “Los relámpagos de agosto”, ganadora del Premio Casa de las Américas en 1964. Sé que ya he hablado de este autor, pero no importa; cada cosa que leo de él me reconcilia con el sino.
Podría explayarme sobre las virtudes de este excelso escritor, o al menos establecer la trama de la novela, pero prefiero dejar en voz de un experto en su obra, Guillermo Sheridan, el reconocimiento que Ibargüengoitia merece: “Ibargüengoitia privilegia la sedimentación de la historia como farsa en la imaginación convencional, su condición de catecismo civil, y procede a analizar narrativamente sus argucias legitimantes por medio de una feroz parodia del estilo, aplicándole a destiempo el sinsentido común, buscando en su tejido interior la razón de la sinrazón característica de la débil cultura política y moral del país […]. En un país en el que los que pierden las batallas son los que llegan más lejos, Ibargüengoitia consigue, como quizá ningún otro narrador en México, con una asombrosa economía de medios, un retrato perfecto de la lacónica idiosincrasia mexicana en su lenguaje: en el retórico y el coloquial. Detrás de ambas formas del silencioso disimulo, traza una cotidianidad que sobrevive las ruidosas olas de la historia con un escepticismo total”.
¿Algo que agregar? Desde luego: lean a Ibargüengoitia; ya después me lo agradecen.


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