Los residuos del poder

Un residuo intacto de la vieja inmunidad que sigue operando, incluso cuando el dueño ya no está en la mesa
febrero 3, 2026

■ El coche que nadie toca;
■ La obra que nunca termina;
■ El discípulo que entregó al maestro;
■ El gabinete como cloaca;
■ La enfermedad y la cura.

El coche que nadie toca

Durante años, Miled Libien encarnó como pocos los excesos del viejo régimen: fortuna hecha al calor del poder, medios sin lectores pero con contratos, cercanía quirúrgica con el gobierno en turno. El Rolls-Royce Phantom rodando por Toluca no era capricho, era señal. Hoy, el símbolo es otro: un vehículo oficial asignado para sus escoltas permanece abandonado en la vía pública, frente a una casa que ya ni siquiera habita. Han pasado gobiernos priistas, panistas y ahora morenistas, y nadie se atreve a retirarlo. No es desorden urbano: es memoria del poder. Un residuo intacto de la vieja inmunidad que sigue operando, incluso cuando el dueño ya no está en la mesa.

La obra que nunca termina

Edificio en construcción con estilo moderno, ubicado en una zona urbana, visible desde una vista aérea.

Algo similar ocurre con los edificios inconclusos ligados a Miled Libien. En Metepec, un hotel anunciado que jamás abrió y permanece como un cascarón con fallas estructurales visibles. En Toluca, sobre Avenida Hidalgo, al menos tres inmuebles siguen en obra negra desde hace años. Son aberraciones urbanas, pero también políticas. Han pasado alcaldes priistas, panistas y morenistas, y ninguno ha aplicado la ley con rigor. El mensaje es claro: hay propiedades que no necesitan terminarse para imponer respeto. La norma se suspende no por ausencia de autoridad, sino por memoria del privilegio.

El discípulo que entregó al maestro

Para que la cuña apriete, del mismo palo ha de ser. La nebulosa carrera de Víctor Legorreta, hoy secretario particular del alcalde panista de Metepec, no se entiende sin Isidro Pastor, su verdadero mentor y patrón político. Operador de cloacas electorales, formado en la lógica del poder sin reglas, resulta casi trágico que haya sido el propio Legorreta quien terminó empujando a Pastor a los problemas legales que hoy enfrenta. En su propio círculo se cuenta, sin confirmación oficial pero con insistencia, la compra de una residencia de altísimo valor en la CDMX, presuntamente escriturada a nombre del exdirigente. No hay pruebas públicas, pero hay algo indiscutible: Legorreta es capaz de eso y más. En ese mundo, la traición no es excepción, es método.

El gabinete como cloaca

Si algo ha terminado por opacar los propios defectos de Fernando Flores es la colección de impresentables que lo rodean. Subespecies del poder: hombres sin talento ni virtudes, operadores torcidos, trinqueteros de baja ralea colocados en posiciones clave de la administración municipal. Son perfiles tan precarios que eclipsan incluso las torceduras del propio alcalde, que no son pocas ni leves. Por donde se le mire, el mensaje es el mismo: el poder en Metepec se administra entre malandrines, no por capacidad sino por complicidad. Y eso, más que un error, es una definición.

La enfermedad y la cura

Inauguración de un evento con varias personas sosteniendo una cinta roja, en un espacio industrial.

El Tren Insurgente terminó siendo el símbolo más honesto de lo que fue el peñismo: la obra como promesa de modernidad y, al mismo tiempo, como monumento a la mediocridad, la corrupción y la incompetencia. Arrancó con prisa de sexenio y terminó necesitando tres gobiernos para completarse. La paradoja es incómoda: tuvo que llegar la 4T para corregir parte del desastre y cerrar el circuito que el régimen anterior dejó roto. El tren funciona, sí, pero como símbolo dice otra cosa: el país sigue pagando las curas de enfermedades que no provocó, mientras las responsabilidades originales se diluyen en el paisaje.

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