Hace unos días falleció un tío al que quiero y respeto mucho. Era hermano de mi padre y ambos murieron a causa de lo que mueren la mayoría de las personas en México actualmente. El INEGI nos ha confirmado que en el año 2025 las tres principales causas de muerte en el país fueron las enfermedades del corazón, la diabetes y los tumores. Pero esto no ha sido siempre así. Cuando mis padres y mi tío nacieron, la principal causa de muerte en México eran las infecciones gastrointestinales, seguidas por la neumonía y otros padecimientos infantiles. Sí, a mediados del siglo pasado sobrevivir la primera infancia era todo un logro. La esperanza de vida al nacer era de solo 48 años. Hoy las cosas han cambiado mucho.
El que las enfermedades del corazón, la diabetes y los tumores malignos encabecen la lista de causas de muerte es un síntoma sociológico. México ha completado su tránsito hacia una sociedad de consumo posindustrial, donde el riesgo ya no proviene de la falta de alimentos o las infecciones a temprana edad, sino de la sobreabundancia de productos de bajo valor nutricional y de un diseño urbano que va en detrimento de la actividad física e incrementa el estrés.
De acuerdo con los datos más recientes del INEGI, en el año 2025 hubo en México 402 mil 320 muertes. Se aprecia que hubo una disminución respecto al año 2024 de aproximadamente 18 mil defunciones. Desde luego que es muy relevante esta baja en el número de mexicanos que fallecieron el año pasado, pero detrás de los números queda claro que nuestra sociedad enfrenta una encrucijada crítica entre la modernidad biológica y la barbarie estructural.

La diabetes, con más de 56 mil muertes tan solo de enero a junio, es el recordatorio de que nuestro modelo de alimentación y manejo del estrés es insostenible.
¿Por qué? Bueno, pues debido a que la reducción en las muertes por enfermedades del corazón (4 mil 775 menos que el año anterior) sugiere una estabilización tras el impacto de la pandemia, pero la cifra absoluta sigue siendo abrumadora. Somos una sociedad que ha «domesticado» a la naturaleza, pues ya no morimos masivamente por virus o bacterias del entorno natural, sino por el estilo de vida que hemos construido. La diabetes, con más de 56 mil muertes tan solo de enero a junio, es el recordatorio de que nuestro modelo de alimentación y manejo del estrés es insostenible.
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Igualmente, destaca de este reporte del INEGI la férrea construcción de género que cruza nuestro tejido social: que el 55.7 % de todas las muertes sean hombres no es una cuestión biológica azarosa; es el resultado de la exposición diferencial al riesgo. Mientras que las mujeres mueren mayoritariamente por causas sistémicas y crónicas, los hombres seguimos ocupando los primeros lugares en muertes por causas externas: accidentes y agresiones. Sociológicamente, esto apunta a una sociedad donde la masculinidad sigue vinculada a la temeridad, al ejercicio de la violencia y a la falta de una cultura del autocuidado. El hombre mexicano promedio llega tarde al sistema de salud, a menudo cuando la enfermedad del corazón o la diabetes ya han ganado el terreno decisivo.
Por otro lado, la estructura de mortalidad femenina, centrada en enfermedades crónicas de larga duración, nos habla de una sociedad que descansa sobre los hombros de las cuidadoras, quienes viven más años, pero a menudo en condiciones de salud precarias tras décadas de priorizar el bienestar ajeno sobre el propio.
Si queremos que el decremento de muertes observado en 2025 se convierta en una tendencia sólida y no en un simple ajuste estadístico, el camino de la sociedad mexicana debe transitar por al menos tres vías fundamentales en los próximos cinco a 10 años. En primer lugar, redoblar la puesta por la soberanía alimentaria y la salud preventiva: no basta con tener hospitales; se requiere una reingeniería del entorno. México debe evolucionar de ser un país que «trata enfermedades» a uno que «produce salud». Esto implica regular de forma más agresiva los entornos alimentarios escolares y laborales, además de fomentar la vida saludable.
En segundo término, deben continuar los esfuerzos por la pacificación y garantizar la seguridad ciudadana: el hecho de que las agresiones (homicidios) sigan figurando en el mapa de mortalidad nacional es una mancha que nos impide transitar a la siguiente etapa de desarrollo. Una sociedad que se mata a sí misma de forma violenta no puede consolidar los beneficios de sus avances médicos. El enfoque debe virar hacia la prevención de la violencia desde la primera infancia y la ruptura de las estructuras de impunidad.
Y la tercera vía tiene que ver con una educación en salud mental y en la construcción de las masculinidades: es urgente desmantelar el estigma de la vulnerabilidad masculina. Gran parte de las muertes por accidentes y enfermedades descuidadas en hombres tiene su raíz en una cultura que castiga la introspección y el cuidado personal.
Ya sabemos que, hacia el 2040, México enfrentará el reto del envejecimiento acelerado de su población. Las cifras actuales son el preludio de una sociedad de ancianos. El desafío no será solo evitar la muerte, sino garantizar la calidad de la vida. El éxito de una nación no debe medirse por cuántas camas de hospital tiene, sino por la capacidad de sus ciudadanos para llegar a los 80 años con autonomía, dignidad y un propósito social. El informe del INEGI 2025 nos dice que tenemos la capacidad de reducir la mortalidad; ahora necesitamos la voluntad política y social para transformar el modo en que vivimos esos años adicionales.
Las cifras del INEGI no son un destino, sino un diagnóstico. El decremento de 2025 es una ventana de oportunidad, un respiro que el tiempo nos da para ajustar el rumbo. Somos una sociedad que está aprendiendo a sobrevivir a sus propios excesos y violencias, pero el objetivo final debe ser más alto: pasar de una cultura de la supervivencia a una cultura de la plenitud.

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