Narra padre de normalista el horror de las fosas 

Un mes y cinco días es poco tiempo. O mucho. Según se mire. Para los padres de los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala, en el conflictivo estado mexicano de Guerrero, después de enfrentarse con la Policía Municipal al servicio de un alcalde corrupto y ahora prófugo de la justicia, es una insoportable eternidad. Mario César González es uno de ellos. Su hijo, César Manuel, cometió aquel fatídico 26 de septiembre un pecado imperdonable en el sangriento «far west» mexicano, el de desafiar a los narcopoderes establecidos. ABC habla con él en conversación telefónica.

—Hace poco les recibió el presidente Peña Nieto. ¿Qué les dijo?

—Lo mismo que nos dijeron todos antes que él, que sigue la búsqueda, nada más. Ya no sabemos qué hacer y pensábamos que él, que es la máxima autoridad, nos diría algo diferente. Teníamos esa ilusión, pero no fue así. Ya no sabemos si es ineptitud o es corrupción, pero no sabemos qué hacer, a quién acudir. Vivimos en la impotencia más absoluta.

—¿Se fían del presidente?

—Mire, yo no sé. No sé si es él o algún asesor, alguien que está por debajo, pero está claro que alguien está mintiendo.

—¿Cree que lo de México tiene arreglo?

—Yo allá en mi hogar de Tlaxcala ignoraba todo esto de mi país, que está lleno de fosas, de muertos, de sangre. Lo veíamos en los medios, pero me resultaba lejano para nosotros. Ha sido en busca de mi hijo que me he encontrado todo este horror del México de las fosas.

Con otros compañeros de universidad, César Manuel llegó a Iguala para celebrar un acto con el que recaudar fondos para su organización. Era el mismo día en que la esposa del alcalde presentaba un informe con el que pretendía catapultar su incipiente carrera política y no iba a dejar que unos estudiantes de izquierda que ya le habían dado algún disgusto le aguaran la fiesta. No llegaron a su destino. Según un informe del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), los agentes, secundados por miembros del cártel de los Guerreros Unidos, el emporio criminal que domina la zona, iniciaron una cacería de los muchachos por la ciudad de Iguala. A tiros les enseñarían una dura lección. En México, los mandamases del crimen organizado no tolera intromisiones.

—¿Cree que su hijo sigue con vida?

—Dios quiera que sea así. Nosotros tenemos toda la fe del mundo, toda la ilusión. Hace poco alguien colgó en internet un mensaje para el presidente con toda una lista de nombres de los responsables. Y aseguraba que los estudiantes están vivos. El presidente quería nombres, pues bien, ahí los tiene. Que las autoridades investiguen esos nombres.

A Mario César, que a sus 49 años se gana la vida con empleos ocasionales de «hojalatero, soldador, de lo que va saliendo», la vida le está poniendo a prueba. Según cuenta, sigue adelante gracias a la ayuda económica que recibe de su hermano.

En este tiempo han pasado muchas cosas en las que nunca pensó que pudiera verse implicado. El alcalde José Luis Abarca y su esposa, María de los Ángeles Pineda, huyeron y ahora están en busca y captura. El caso se ha convertido en escándalo internacional, una verdadera patata caliente para el presidente Peña Nieto y el gobernante Partido Revolucionario Institucional. Pero lo más significativo es que, gracias a la campaña que mantienen para recuperar con vida a sus hijos, Mario César y el medio centenar de familias con las que comparte infortunio y angustia se han convertido en símbolo del hartazgo de una nación devorada por la corrupción y la violencia.

—Cuénteme, ¿cómo era..? perdón, ¿cómo es César Manuel?

—Sí, sí. él es (subraya para enfatizar que su hijo sigue con vida) un muchacho humilde, normal, que se formaba en la universidad para ser maestro de escuela. Quería trabajar en una escuela rural para ayudar a la comunidad.

—¿Recuerda cuándo fue la última vez que hablaron con él?

—El mismo día que desapareció. Nos llamó por teléfono y su mamá y yo platicamos con él con toda naturalidad. Nos estuvo comentando las ilusiones que tenía, sus proyectos, y que planeaba comprarse un terrenito.

—¿Y luego?

—Luego nos llamó una compañera suya y nos dijo que había ocurrido algo terrible.

Ahí empezó el tormento, una incertidumbre que ha llevado a la familia del joven a adoptar medidas extremas en un país en el que casi no se puede confiar en nadie.

—¿Tiene más hijos?

—Sí, otras dos chicas, pero a ellas las hemos escondido. Las hemos puesto a salvo. No queremos que vuelva a pasar algo así. Dónde están es algo que no le voy a decir ni a usted ni a nadie. Mire, si yo pudiera expresar cómo nos sentimos aquí… Si yo le dijera todo lo que pienso, ya estaría muerto.

—¿Se había metido su hijo en algún problema que les hiciera temer por por su vida?

—Nunca. Se lo dije al presidente. Le dije «venga a nuestra casa humilde, a nuestro pueblo en Tlaxcala y pregunte a ver si alguien le da mala razón de mi hijo». Solo llevaba un mes y medio de estancia en la escuela de normalistas (así se llaman los estudiantes para maestros de escuelas rurales en México) y no había tenido ningún problema con nadie. Ahora andan diciendo que estaba metido en líos de drogas. Todo eso es una mentira que para colmo tenemos que aguantar.

—Imagine que se queda a solas con ese alcalde al que acusan de ser el responsable de la desaparición de su hijo, ¿qué le diría?

—No sé qué le diría. Uno no es un asesino, no tiene mala sangre, pero es un padre. Y como padre, no puedo decirle si le diría algo, pero tampoco sé lo que le haría. Uno es padre y no sé cómo reaccionaría. Mire, lo que yo quiero solo es que me lo devuelvan. No me importaría morir si con eso consigo salvar la vida de mi hijo. Que aparezca mi hijo y yo luego me muero con gusto.

(ABC)