La sala huele a cable tibio y a memoria corta. No hay bustos ni banderas. Hay un mapa que incomoda: México entero, antes de que la costumbre de perderlo empezara a parecer normal.
—No se sienten —dice Tucker—. Primero, un examen sencillo.
La fila es conocida por cualquiera que siga la política sin anestesia: Jorge Romero Herrera, Alejandro Moreno Cárdenas, Lilly Téllez, María Eugenia Campos, Ricardo Salinas Pliego, Claudio X. González y Alessandra Rojo de la Vega.
Nadie sonríe. Tampoco sabrían por qué.
—Primera: 1836 —dice Tucker—. ¿Qué pasó?
El silencio es limpio.
—Texas —aclara—. Un territorio donde el Estado llegó tarde, habló poco y decidió menos. La soberanía no se fue de golpe: se gastó.
Camina. El mapa no se mueve, pero ellos sí.
—Segunda: definan el Tratado de Guadalupe Hidalgo sin decir “acuerdo”.
Alito busca un sinónimo amable. Lilly una palabra firme. Nadie encuentra ninguna.


—No fue acuerdo —corrige Tucker—. Fue la firma de una derrota frente a Estados Unidos, un país con proyecto frente a otro con pleitos internos.
Pausa breve.
—Tercera: ¿cooperar o depender?
Romero habla de alianzas. Claudio de equilibrios. Salinas sonríe.



—Cooperar es elegir —dice Tucker—. Depender es necesitar. Y cuando se necesita, alguien más decide.
Silencio.
—Lo suyo no es ideología —continúa—. Es método: administrar la fragilidad propia con soluciones ajenas.
El mapa parece más pequeño.
—No construyen país —dice—. Lo gestionan. No representan a los mexicanos: los convierten en variable.
La frase cae sin ruido.
—Texas fue desgaste. La guerra, oportunidad ajena. El tratado, consecuencia. La venta… decisión.
Mira uno por uno.
—Ustedes todavía no están ahí. Pero hablan como si no supieran que ese camino existe.
Silencio.
—Si la historia fuera obligatoria —remata—, estarían reprobados.


La silla no necesita espectáculo.
La descarga llega.
Corta.
Precisa.
No castiga lo que hicieron.
Castiga lo que insisten en no entender.
Lee también: Nacho Salgado: “Hasta mi renuncia fue lenta”

Síguenos