La sala huele a cita reprogramada. A ese perfume institucional donde todo está limpio… menos los tiempos. La silla eléctrica brilla como quirófano privado: ahí sí hay eficiencia, puntualidad y resultados. Qué lujo.
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Nacho Salgado entra despacio. No por protocolo. Por coherencia con el sistema que dirigió. Cada paso parece autorizado por ventanilla.
Se sienta.
Tarda.
—Bienvenido —dice Tucker—. Llegó a tiempo… o le reagendamos.
Salgado sonríe. Por primera vez en meses, una cita que sí se cumple.

—Me fui —dice—. Pero no fue rápido.
—¿Cómo que no? —responde Tucker—. Renunciar es de las pocas cosas que en este país se hacen sin trámite.
Salgado niega, con esa calma del burócrata que ya entendió el chiste.
—En el ISSEMYM no. Hasta mi renuncia fue lenta.
El switch baja apenas.
No descarga. Diagnostica.
—Explíquese —pide Tucker—. Esto ya suena a hallazgo clínico.
Salgado se acomoda la espalda.
—Primero pedí la salida. Luego la validación. Luego la revisión. Luego la confirmación de que sí me quería ir.
—¿Y luego?
—Luego me dieron cita para irme.
Silencio.
Tucker anota mentalmente: el sistema funciona.
—¿Y se la respetaron?
—No —dice Salgado—. Me la cambiaron.
Primera risa. Breve. Involuntaria.

—Eso sí es consistencia institucional —responde Tucker—. Ni para irse hay certeza.
La silla emite un zumbido tenue. Como sistema que arranca… pero nunca despega.
—Dos años y medio —continúa Tucker—. Llegó usted a curar una institución enferma.
—Sí.
—Y salió… como ella.
Salgado no lo niega.
—La espalda —dice—. La ansiedad. El desgaste.
—¿Contagio institucional?
El switch baja.
Pequeña descarga. Terapéutica.
Salgado se sacude apenas. Endereza un poco el torso.
—Mire —dice Tucker—. A lo mejor aquí sí le resolvemos más rápido que allá.
—No sería difícil —responde Salgado, sin querer… o queriendo demasiado.

—Cuénteme —insiste Tucker—. ¿Quién lo puso ahí?
Salgado mira al frente. Como expediente que nadie quiere firmar.
—Fue una decisión.
—Ajá —dice Tucker—. De esas que no se explican… pero se obedecen.
Salgado no responde.
Y con eso responde todo.
—¿Para qué llegó? —continúa Tucker—. No me diga “ordenar”, que eso ya lo dijo y no pasó.
Salgado suspira.
—Para contener.
—¿El problema… o las expectativas?
El switch baja.
Esta vez la descarga recorre la espalda. Se nota. Algo cruje… o se acomoda.
—Ambas —dice.
—Eso sí lo hizo bien —responde Tucker—. Contuvo tanto… que todo sigue igual.
Pausa.
—Citas lentas —enumera—. Medicinas escasas. Jubilaciones eternas.
Se inclina un poco.
—Pero los procesos… esos sí ágiles, ¿no?
Salgado sonríe. Esa sonrisa de quien ya no tiene cargo, pero sí memoria.
—Se siguieron los procedimientos.
—Claro —dice Tucker—. En el ISSEMYM todo está en orden… menos la realidad.
La silla vibra. Aprobación tácita.
—Oiga —lanza Tucker—. ¿Extraña a Trini Franco?
Salgado levanta la ceja. Apenas.
—Era… una guía.
El switch baja.
—¿De supervivencia?
Pequeña descarga.
—De navegación —corrige Salgado.
—Es lo mismo —responde Tucker—. En ese sistema, el que navega no cura… sobrevive.
Silencio.
—La mejor chamba de su vida —dice Tucker.
—La más exigente.
—La mejor pagada —corrige—. Casi cuatro millones. Nada mal para un sistema donde el paciente paga con tiempo… y resignación.
Salgado no discute.
—El dinero sirve —dice—. Para el retiro.
—Qué ironía —responde Tucker—. Usted sí se puede retirar… los derechohabientes siguen en trámite.
Golpe limpio.

—Dígame algo —continúa—. ¿El ISSEMYM tiene cura?
Salgado tarda.
—Sí.
—¿Entonces?
—Nadie quiere el tratamiento.
—Porque duele —dice Tucker.
—Porque afecta —corrige Salgado.
Ahí está la confesión que no parece confesión.
—Última —dice Tucker—. ¿Sale usted más humano… o más duro?
Salgado piensa. Esta vez no improvisa.
—Más consciente.
—Eso dicen todos —responde Tucker—. La diferencia es quién vuelve a hacer fila.
El switch baja por última vez.
Suave.
Como cierre administrativo.
—En el ISSEMYM —dice Tucker— todo tarda.
Se levanta apenas.
—Hasta irse.
La silla se apaga.
Salgado tarda en levantarse.
Coherencia institucional.
Afuera, el sistema sigue operando.
Es decir:
Sigue en espera.

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