Qué cuerdos los cuerdos, qué locos los locos. Qué razón tienen los que saben que las piedras no hablan ni los muertos.
Hemos llegado los últimos pero somos los que más sabemos. Los que curan cortándose trozos del cuerpo, los que arrastran traumas desde la cuna. Los que meten plástico en la boca de sus crias. Los que culpan a mamá y llevan a mamá colgando del cuello para que la culpa de todo la tenga mamá.
Nadie que está sano en su sano juicio ve luces sobre su cabeza ni comprende la comunicación que existe entre sus manos. Sobre tu cabeza hay solo toneladas de cemento que pagas con tu tiempo. Tu tiempo de cuerdo que pertenece a otros que os han negado el pan, que os ha conseguido estupidizar.
Señaláis con el dedo a los que cierran los ojos para ver y se comunican sin abrir la boca. Los locos de atar. Que ven visiones. Que pueden dejar de respirar.
Ahora que lo sabemos todo, que somos los últimos en llegar. Nosotros, la gente normal. Que trabaja ciento ochenta horas al mes. Que ha aprendido a comprar un billete de avión para poder volar. Que elegimos, que ganamos, que podemos, que sabemos más que los demás. Nosotros los listos, alérgicos, enfermos, violentos, separados de Dios. Que morimos de enfermedades a las que inventamos un nombre. Nuestras hijas. La gente normal, que va al gimnasio, que coge vacaciones, que bebe alcohol y fuma y pide un médico que no le cueste dinero para que le cure lo que le cuesta dinero provocarse por ser normal. La miseria de ser normal. De tener un trabajo normal. Una familia normal.
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Pero yo me acuerdo de ti cuando te metías tierra en la boca. Cuando hablabas con los caballos y te saludaban las estrellas. Cuando el vínculo era desde ti hacia todo porque todo pasaba por ti. Recuerdo tocar la tierra y sanar y alzar las manos al sol. Yo que no veo sombras, ni luces, ni colores sobre la vida de la gente…yo que no respiro… recuerdo, sé, que podemos ser los últimos, pero no fuimos los primeros.
Que hay algo más aquí, en este mismo instante, que desconozco, que podría percibir sin asombro, y no percibo. Yo la cuerda, la de la mente normal, me inclino humilde ante El Gran Misterio en el que vivimos ciegos de normalidad.


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