Es un honor estar con Obrador

Una identidad política que rebasa cargos y coyunturas sigue funcionando como vínculo de pertenencia para millones.
  • El carnicero y sus electores
  • Es un honor estar con Obrador
  • El repartidor inútil de renuncias
  • ¿Quién quiere fuera a Castañeda?
  • Mexiquense y el efebo Brito

El carnicero y sus electores

Reses votando por el carnicero, gallinas defendiendo al zorro y ovejas haciendo campaña por el lobo. La democracia tiene esas extravagancias: permite elegir incluso contra uno mismo. El trabajador sin seguridad social que desprecia al beneficiario de una beca; el asalariado que se indigna por una ayuda de tres mil pesos, pero guarda silencio frente a fortunas hechas al amparo del poder; el pobre que mira hacia abajo para encontrar culpables y hacia arriba para encontrar modelos. La derecha entendió hace mucho que la disputa política no ocurre solamente en las urnas, sino en la cabeza. Cuando alguien termina defendiendo privilegios que jamás tendrá y combatiendo derechos que probablemente necesitará, la batalla cultural ya produjo una paradoja formidable. No hace falta que el carnicero convenza a las reses de entrar al rastro. Basta con conseguir que crean que el cuchillo es para las otras.


Es un honor estar con Obrador

“Es un honor estar con Obrador”. Se equivocan quienes en sus calenturas creen que ser obradorista es un defecto, una vergüenza o una especie de malformación política. López Obrador dejó la Presidencia, pero no se fue de la memoria de millones. En el Estado de México su nombre sigue metido muy adentro, sobre todo entre quienes durante décadas fueron vistos por el poder apenas como votos, clientelas o pobres que administrar. Se podrá discutir su gobierno, reclamarle errores, excesos y contradicciones. Faltaba más. Lo que no parece tan sencillo es arrancar lo que significó para mucha gente. El obradorismo dejó de ser hace tiempo solamente una filiación política; también es identidad y pertenencia. Pobres de quienes creen que todo se reduce a cargos, dinero e intereses. Nunca entenderán por qué hay causas que sobreviven incluso al hombre que les dio nombre.


El repartidor inútil de renuncias

Octavio Martínez volvió a despedir gente. Por fortuna para los despedidos, no tiene facultades para hacerlo. Primero exigió la renuncia del fiscal José Luis Cervantes; ahora quiere la de Horacio Duarte, a quien acusa de utilizar la Secretaría General de Gobierno para construir una candidatura a gobernador. Pruebas, ninguna, pero qué importa cuando hay tribuna, adjetivos y ganas de hacer ruido. Octavio ha convertido la estridencia en método: denuncia, sentencia, exige y reparte ceses imaginarios con la solemnidad de quien encabeza un tribunal que sólo existe en su cabeza. Curiosamente, tanta severidad desaparece cuando aparece Higinio Martínez: ahí la voz baja, el índice acusador descansa y la demagogia se vuelve prudencia. Será que Octavio también hace sus cuentas. Quiere seguir en la Legislatura y una plurinominal resulta bastante más cómoda que andar convenciendo electores. Así que un poco de escándalo por aquí, alguna caricia por allá y a esperar que alguien aprecie el espectáculo. Octavio no reparte renuncias: reparte vaciladas. Y ésas, hay que reconocerlo, le salen gratis.


¿Quién quiere fuera a Castañeda?

Hay una campaña contra el secretario de Seguridad, Cristóbal Castañeda. No hace falta mucha imaginación para advertir que el ruido creció justamente cuando comenzó a meterse con uno de los grandes negocios del viejo sistema: los penales. Durante años, detrás de las rejas no sólo hubo corrupción, cobros, privilegios y autogobiernos; desde algunas cárceles también se extorsionaba, se ordenaban delitos y se mantenían redes hacia afuera. Dinero, poder y control criminal. Ahora van 20 directores dados de baja, rotaciones de mandos, investigaciones y revisiones en los centros penitenciarios. Y mientras se aprietan esas tuercas aparecen filtraciones, fotografías, videos y versiones que buscan instalar la idea de que Castañeda perdió el control, incluso reciclando materiales que no corresponden al momento actual. ¿Quién alimenta esa campaña? Habrá que seguir el dinero, los intereses políticos y, sobre todo, las llaves que están cambiando de manos dentro de las cárceles. Todavía no hay elementos públicos para poner nombres detrás de la operación. Pero una cosa sí está a la vista: Castañeda tocó un negocio enorme y alguien quiere que quite las manos.


Mexiquense y el efebo Brito

Carlos Brito cumplió un año al frente del Sistema Mexiquense de Medios Públicos y ya pasó el tiempo de la luna de miel. El joven director llegó entusiasta, cambió imagen, movió programación, estrenó foro, hizo convenios y puso bastante energía en demostrar que algo estaba ocurriendo. Bien. Pero la televisión no se mide por entusiasmo ni por escenografía: se mide por audiencia, influencia, calidad y resultados. Bernardo Barranco le dejó la vara incómodamente alta: al salir aseguró que Mexiquense había ganado más de un millón de espectadores entre 2024 y 2025 y se había colocado como la segunda televisora pública más vista en el Valle de México. Un año después no aparecen cifras públicas comparables que permitan saber qué hizo Brito con aquella herencia. Puertas adentro tampoco todo es terso: persisten cuestionamientos sobre honorarios, contratos, salarios y rotación de personal. Pero ya cumplió un año y llegó la hora de cambiar entusiasmo por resultados. Porque dirigir un medio público no consiste en parecer ocupado, sino en conseguir que alguien quiera verlo.

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