Los demonios andan sueltos

¿Casualidad o causalidad? El salto de homicidios irrumpe justo cuando el poder vuelve a moverse y obliga a mirar la violencia más allá de la estadística.

Los demonios andan sueltos

¿Movimiento o partido?

El PRI naranja

¿Dónde está Lino?

¿Y la izquierda para cuándo?


Los demonios andan sueltos

Ciento dieciséis homicidios en septiembre rompieron el orden de las cosas en el Estado de México. La violencia venía cediendo; ésa era la tendencia. De pronto, la anomalía. Y ocurrió justamente cuando comenzó a moverse el poder: proceso electoral en marcha, informes de gobierno, Claudia Sheinbaum en territorio mexiquense, Delfina Gómez entrando a la segunda mitad de su mandato. ¿Casualidad o causalidad? No hay elementos para establecer una relación entre una cosa y otra, pero tampoco conviene pensar la violencia como un fenómeno aislado de las relaciones de poder. El Estado no es el único que ejerce poder sobre el territorio: existen estructuras criminales, mercados ilegales, intereses económicos y redes que también disputan dinero, control y obediencia. Septiembre pudo ser apenas una ruptura estadística. O el síntoma de algo que todavía no alcanzamos a ver. Los demonios andan sueltos.


¿Movimiento o partido?

Quince años después, Morena debería mirar menos el camino recorrido y más el que comienza. Su verdadera fuerza nunca estuvo en sus élites, sino abajo, en la gente que convirtió una inconformidad dispersa en movimiento y después en poder. No es una diferencia semántica: los partidos tienden a burocratizarse, repartir posiciones, formar nomenclaturas y terminar hablando consigo mismos; los movimientos sobreviven mientras conservan una causa y una conversación con su base. Ése quizá sea el desafío de Morena en el Estado de México: ya conquistó el poder, ahora debe evitar que el poder lo conquiste a él. Gobernar bien será indispensable, pero no suficiente; tendrá que renovar liderazgos, abrir espacios e impedir que las élites cierren las puertas. El día que Morena deje de ser movimiento para convertirse solamente en partido podrá conservar muchos cargos y haber perdido lo más importante: al pueblo que lo hizo posible.


El PRI naranja

Algo extraño ocurre cuando lo nuevo comienza a llenarse de lo viejo. Movimiento Ciudadano quiere crecer en el Estado de México y ha convertido cada incorporación en espectáculo político, con Jorge Álvarez Máynez como figura recurrente de una expansión que ya mira hacia 2027 y más lejos. El problema no es que lleguen expriistas —la política no exige certificado de virginidad—, sino qué PRI está llegando: cuadros desplazados, derrotados o desgastados por su paso por el poder encuentran en el naranja una segunda vida. La contradicción es casi cromática: presentarse como alternativa mientras se reciclan algunos materiales de aquello que se pretende sustituir. El Verde entendió hace tiempo ese mercado de transferencias; MC parece descubrir sus ventajas. Pero un partido que pretende representar lo nuevo tiene enfrente una cantera mucho mayor: jóvenes, ciudadanos sin partido, liderazgos comunitarios, universitarios, profesionistas. Renovar la política no consiste en cambiarle la camiseta a sus viejos jugadores.


¿Dónde está Lino?

¿Dónde está Lino Rodríguez González? Hace tres meses su nombre ocupaba primeras planas: detenido en la Operación Enjambre, trasladado a un penal federal y acusado de secuestro exprés y delincuencia organizada. Siete días después estaba libre porque un juez consideró insuficientes los elementos para vincularlo a proceso y encontró contradicciones en la declaración de la presunta víctima. Y después, silencio. La pregunta ya no es solamente qué ocurrió con Lino, sino cómo puede construirse una acusación de semejante gravedad y verla desmoronarse en la primera gran aduana judicial. ¿Investigación deficiente, imputación precipitada o chivo expiatorio de una operación que necesitaba resultados espectaculares? No hay elementos para escoger todavía ninguna de esas hipótesis. Pero queda una asimetría inquietante: el estruendo de la captura fue nacional; el silencio posterior, casi absoluto. ¿Quién repara una reputación cuando el Estado acusa primero y prueba después?


¿Y la izquierda para cuándo?

Gobernar desde la izquierda debería significar algo más que redistribuir ingreso: también ampliar libertades. Y ahí el Estado de México ofrece una contradicción interesante. Hay avances: por primera vez se asignaron poco más de 36 millones de pesos en 2025 a políticas relacionadas con la población de la diversidad sexual; se tipificó el transfeminicidio, se reconoció la identidad no binaria y existe ya una comisión legislativa específica. Al mismo tiempo, siguen en construcción derechos, instituciones y políticas capaces de convertir ese reconocimiento jurídico en vida cotidiana. No es un asunto menor en el estado más poblado del país: se ha estimado en más de 490 mil personas la población de la diversidad sexual. La izquierda suele ser reconocida por su agenda distributiva, pero históricamente también se mide por otra frontera: hasta dónde está dispuesta a ensanchar la autonomía de las personas frente al prejuicio, la costumbre y las mayorías. La pobreza exige política social; la desigualdad, redistribución; la libertad exige poder dispuesto a ampliar derechos, incluso cuando hacerlo incomoda. Si una izquierda con mayoría no empuja esa frontera, ¿quién y cuándo?

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