La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) parecía buscar a tientas una justificación para su existencia al iniciarse 2014, pero con la crisis ucraniana podría celebrar en Gales una cumbre "histórica", llena de llamados guerristas.
La reunión de máximo nivel en el Cettic Manor Resort de Cardiff, una localidad de Newport, en el sur de Gales, custodiada por nueve mil 500 uniformados y aislada del resto del mundo por una cerca de 20 kilómetros de largo, versará sobre el rearme de Europa del Este.
El secretario general saliente de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, aboga desde el verano del pasado año por poner freno al declive de los gastos militares en los presupuestos de la mayoría de las naciones europeas, agobiadas por la crisis económica.
Pero para la cita del 4 y 5 de septiembre en Newport, Rasmussen prepara propuestas que aún carecen de consenso entre los 28 estados de la alianza atlántica como el despliegue directo de tropas de ese pacto en territorio de sus miembros de Europa del este.
Desde lo que algunos consideran los finales de la Guerra Fría, la OTAN prometió a Moscú nunca acercarse a sus fronteras, aunque luego de la entrada de 12 antiguos miembros del Pacto de Varsovia o naciones vecinas a la alianza atlántica, tal promesa se incumplió.
Sin embargo, en todo momento Rusia defendió el hecho de que en el Acta Fundacional firmada en 1997, las potencias occidentales se comprometieron a no desplegar tropas ni armas estratégicas de la alianza atlántica en Europa del Este.
De hecho, durante varios años Estados Unidos y naciones como el Reino Unido, Francia, Alemania o Italia aseguraron a Rusia que los componentes del sistema antimisil norteamericano desplegados en Europa, de ninguna forma estaban dirigidos contra Rusia.
El Kremlin en todo momento consideró que eran insostenibles los argumentos dados por Occidente sobre una supuesta amenaza coheteril proveniente de Pyongyang o Teherán y alertaba sobre el peligro que ello implicaba para su seguridad nacional.
La OTAN sin mascara
El conflicto en Ucrania, donde en febrero de 2014 llegó al poder un gobierno ultraderechista respaldado por paramilitares neofascistas, dio nuevos bríos a la OTAN para justificar su existencia y retomar los llamados a un mayor gasto bélico.
Moscú se opuso desde un principio al gobierno golpista ucraniano, como mismo lo hizo el gobierno de Crimea, que organizó un referendo de soberanía para luego regresar a la Federación de Rusia, a la cual perteneció hasta 1954.
Tampoco reconocieron el poder del gabinete golpista las regiones de Donetsk y Lugansk, en el sureste ucraniano, donde la población sublevada es hostigada con artillería y la aviación desde abril de este año.
En esas circunstancias, naciones como Polonia, Lituania, Letonia o Estonia, que hace cuatro años ya hablaban de una presunta amenaza rusa, poco después de culminar un consejo conjunto de Moscú y la OTAN, se refirieron a la necesidad de emplazar tropas del bloque en esos países.
De acuerdo con el sitio canadiense de estudios políticos Global Research, a la cumbre de Gales se lleva a discusión la llamada Acta de Prevención de la Agresión Rusa (RAPA), mediante la cual se traza un plan de rearme de Europa del Este.
El programa tomó como centro la supuesta amenaza de las acciones de Rusia que en todo momento denuncia las operaciones de las tropas ucranianas contra la población en el sureste.
De acuerdo con datos recientes de Naciones Unidas, cerca de dos mil 600 personas, en su mayoría civiles, perecieron en la ofensiva de las tropas ucranianas y la Guardia Nacional en Donetsk y Lugansk, desde abril de 2014.
El diario The New York Times denunció en su momento que las fuerzas armadas ucranianas atacan grandes centros urbanos en el sureste y después grupos paramiltares abusan de la población civil que huye de los combates.
Quizás, Rasmussen se sintió más aliviado cuando declaró recientemente que las relaciones de la OTAN con Rusia de ninguna forma podrían ser de socios en adelante.
En Moscú esa tesis la entendieron hace algún tiempo, cuando debieron incrementar sus centros de lucha radioelectrónica, localización y pronto aviso en su frontera occidental, cuando aún faltaba mucho para el estallido de la crisis ucraniana.
La RAPA también prevé situar tropas de respuesta rápida, conocidas como NRF, de la alianza atlántica en Europa del Este e incluso crear otras fuerzas de mayor preparación combativa, capaces de desplegarse en pocas horas en un teatro de operaciones.
Tales fuerzas, que podrían llegar hasta los cinco mil hombres, deberán contar con una base capaz de suministrarle todo el equipamiento necesario para involucrarse en operaciones a largo plazo, destaca del semanario The Economist.
Una de las variantes que discutiría la cumbre de Gales, con participación de unos 60 estadistas, incluido el presidente norteamericano Barack Obama, podría ser la base polaca de Szczecin, en la costa del mar Báltico.
La idea consiste en situar en la referida localidad cuatro compañías del pacto noratlántico de forma permanente y con carácter rotativo.
Además, el ministro de Defensa de Letonia, Raimands Vejonis, adelantó que se podría reforzar la base de Adazi, para tropas terrestres, la aérea de Lielvarde y la naval de Liepaja en esa nación, indica la revista Der Spiegel.
Tanto Estonia como Letonia, que registraron en 2013 gastos militares por debajo del uno por ciento del Producto Interno Bruto, prometen llegar al compromiso del dos por ciento, alcanzado entre los 28 miembros de la alianza en 2006.
De hecho, Rasmussen llamó a que dentro de los gastos militares, al menos el 20 por ciento esté destinado a la modernización de los armamentos, algo que solo cumplieron cinco naciones del bloque.
The Economist afirma que únicamente el Reino Unido, Francia, Estonia y paradójicamente Grecia cumplieron con el compromiso de 2006.
Pero la RAPA también prevé la posibilidad de aceptar a Ucrania en el ámbito más estrecho de la OTAN e incluso aceptar su membresía plena, para lo cual parecen prepararse condiciones en Kiev.
Además, Turquía, Georgia y Azerbaiyán firmaron el 22 de agosto de este año un acuerdo para incrementar la cooperación trilateral en el marco de la alianza.
Tales condiciones pueden llevar a las naciones de la OTAN a poner en práctica una tercera etapa del despliegue del sistema antimisil estadounidense en Europa.
Pero algunas naciones como Francia, Italia o España se muestran reticentes a la mencionada medida, pues durante años Occidente negó que la sombrilla antimisil estuviera dirigida contra Moscú.
Tampoco favorecen el despliegue de tropas del acuerdo trasatlántico en Europa del Este, pues ello puede llevar a respuestas drásticas de parte de Rusia que ya advirtió sobre esa posibilidad.
Cardiff, convertida en una verdadera fortaleza, podría quedar como la primera cumbre de la OTAN en varias décadas en hablar sobre el regreso a la confrontación directa con Moscú, en lugar de buscar la cooperación para enfrentar amenazas comunes. La máscara se cayó.
*Jefe de Redacción de Europa de Prensa Latina.


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