En una serie de tres películas suecas sobre los abusos cometidos contra algunas mujeres, uno de los factores que permitía la acción al periodista protagonista, era la posibilidad de exhibir en su revista el comportamiento criminal de algunos sujetos.
Y la pregunta que surge es si aquí en nuestro medio reflexionar y escribir sobre los problemas sociales que a uno le parecen importantes, sirve a su solución.
O es sólo un ejercicio que quizá permita desarrollar una mejor comprensión del mundo en que se vive. Pero que pocas veces sirve, al menos aquí en México, al propósito de una reflexión colectiva o la acción de alguna autoridad.
Las razones de ello pueden ser varias. Una es que la proporción de personas que leen es particularmente pequeña.
Otra es que se ha desarrollado una especie de fatalismo entre la población por el cual piensa que por más que se diga, las cosas ya no se pueden componer.
Lo más insólito de ese fatalismo es que a pesar de que mucha gente identificar a los políticos como los causantes de muchos males, llegado el proceso electoral participan a cambio de migajas.
Otro factor es el de la inefable televisión, la que captura el interés y establece las prioridades, la mayoría banales, de la población.
El nivel cultural es otro factor causante ya que si nos atenemos a las cifras de educación el promedio escolar en México es de alrededor de 9 años y de una educación harto deficiente.
Otro factor es la impudicia de la mayoría de los actores públicos, la cual es de antología, ya que muchos de ellos ante denuncias de inoperancia en sus áreas de responsabilidad o de actos incluso punibles, exhiben un cinismo notable.
Así también están la mayoría de los medios de comunicación, los que se dedican a elogiar las acciones de gobernantes de toda laya, mediante arreglos que les reditúan en buenos ingresos.
Algunos comunicadores han hecho del elogio servil en los medios de información, su forma de hacerse notar y de alcanzar la prosperidad.
En esa medida la crítica que trata de ser propositiva se pierde en un mar de corrupción.
Sin embargo, como decía Fitzgerald, hay que actuar con dos ideas contrarias en la cabeza: intentar cambiar el estado las cosas sabiendo que nada tiene remedio.


Síguenos