El gobierno de Huixquilucan ha invertido un cuantioso capital político para posicionarse como el municipio más seguro del Estado de México y la joya electoral del Partido Acción Nacional (PAN), una narrativa de blindaje institucional que hoy colisiona de frente contra una cruda realidad de violencia.
Pese al constante despliegue mediático que ensalza los operativos locales y las cifras a la baja, el reciente hallazgo de una fosa clandestina con los cuerpos de una pareja de origen estadounidense ha puesto en entredicho el escudo protector de la demarcación, haciendo que los cuestionamientos sean numerosos respecto a la narrativa empleada en el bastión panista en Edomex.
La crisis de seguridad estalló formalmente tras la localización de los restos de Zafar Padamsee y Guillermo Jaffet, quienes permanecían en calidad de desaparecidos desde el pasado mes de mayo luego de sostener una presunta negociación en una cabaña ubicada en la zona de La Marquesa. Ambos tenían poco tiempo residiendo en Interlomas, Huiquilucan, donde habrían sido vistos con vida por última vez.
Aunque la Fiscalía General de Justicia del Estado de México (FGJEM) ya logró la vinculación a proceso de un presunto responsable por los delitos de secuestro y homicidio, el nivel de operación criminal requerido para privar de la libertad, asesinar y ocultar a las víctimas en una fosa dentro del territorio municipal exhibe una alarmante vulnerabilidad logística que las autoridades locales habían intentado minimizar.

El mito del blindaje territorial
De acuerdo con especialistas en seguridad pública, la presencia de inhumaciones ilegales refleja un grado de impunidad operativa que desmiente directamente los indicadores oficiales de nula incidencia delictiva de alto impacto.
La versión del gobierno que encabeza la alcaldesa Romina Contreras sostiene la existencia de una vigilancia inquebrantable, sin embargo, el historial de los últimos cuatro años documenta una realidad muy distinta; tan solo en octubre de 2023 una balacera a plena luz del día dejó dos muertos a las afueras de la exclusiva plaza Paseo Interlomas, mientras que en julio de 2025 comandos armados ejecutaron a un capo colombiano en la zona comercial de Magnocentro.
Estos crímenes evidencian que tanto las zonas boscosas como los corredores residenciales continúan operando como áreas transitables para células delictivas que logran burlar el millonario sistema de videovigilancia.
El costo político de la inseguridad
Esta severa fractura en la percepción de seguridad debilita directamente el principal activo electoral del bloque conservador de cara a los comicios de 2027, pues el llamado «modelo Huixquilucan» es la carta de presentación con la que figuras como Enrique Vargas del Villar buscan proyectar gobernabilidad a nivel estatal.
Al desmoronarse la premisa de la pacificación total frente a crímenes de alto impacto, la oposición panista pierde autoridad moral para cuestionar la estrategia de seguridad del gobierno estatal o federal, toda vez que el crimen ha logrado penetrar y operar con trágicos resultados dentro de su fortaleza más resguardada.

Turismo e inversión, los más dañados
Las afectaciones generadas por este doble homicidio no son exclusivas para la cúpula panista, sino que arrastran de manera directa la vocación económica de corredores turísticos como La Marquesa y ahuyentan severamente la inversión extranjera en el municipio.
Al tratarse de víctimas de origen estadounidense, el caso genera una ineludible resonancia internacional que golpea la confianza de la comunidad de expatriados, diplomáticos y visitantes internacionales que históricamente consideraban a esta zona residencial como un refugio de paz ajeno a la violencia que azota a otras regiones del país.
Pese a los lamentables incidentes que se han venido dando en Huixquilucan, las autoridades insisten en una narrativa que minimiza los hechos y hace creer que no sucede nada, sin embargo las vidas como las de Zafar Padamsee y Guillermo Jaffet hacen que la realidad emerja por mucho que intenten ocultarla.



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