Antes de continuar con la revisión los Objetivos del Milenio en el tema de ecología, quisiera reflexionar sobre una noticia que se publicó en la semana. Hace cuarenta y dos años apareció una de las primeras películas que trataron el tema del grave desequilibrio que ya desde entonces se vislumbraba entre el crecimiento de la población, el incremento del consumo de recursos naturales y energía (aún si la población se mantuviera sin crecimiento) y la capacidad del querido Planeta Azul para proporcionar recursos que permitieran un dispendio como el que empezaba en esos momentos y no ha dejado de crecer hasta la fecha.
La película Cuando el destino nos alcance (Soylent Green en inglés). Filmada en el contexto de la guerra fría y ubicada en un muy cercano 2022, para algunos muestra la obsesión norteamericana por la sobrepoblación de los países comunistas asiáticos. Sin embargo, vista a la distancia no deja de ser interesante el planteamiento de la falta de energía, para conservar alimentos o iluminar una vivienda; la falta de agua potable y, en la parte final, el descubrimiento de que el novedoso alimento ofrecido por la empresa que tenía el monopolio de la producción, y que supuestamente provenía del mar, en realidad era hecho con los cadáveres humanos porque los mares estaban muertos. Contaminados y sobreexplotados, era imposible que proporcionaran recursos para producir alimentos.
Pues bien, el viernes anterior El Universal nos compartió la publicación en la revista Science de una investigación realizada por 6 científicos que advierten “tendencias actuales en el océano sugieren que la destrucción del hábitat probablemente se convertirá en una amenaza cada vez más dominante para la vida marina en los próximos 150 años”. La investigación analizó la merma de especies marinas animales por la pérdida de sus hábitat y apunta que si bien las tasas actuales son bajas, puede constituirse en el preludio de una extinción masiva similar al observado en la superficie durante la revolución industrial.
Como otras investigaciones, ésta asienta que los humanos ya hemos alterado significativamente casi todos los ecosistemas marinos y nuestra actividad ha disminuido drásticamente la abundancia de fauna como las ballenas y las anchoas. Los científicos alertan que “… Tales declives pueden generar olas de cambios ecológicos que viajan tanto hacia arriba como hacia abajo de las redes alimenticias y que pueden alterar el funcionamiento de los ecosistemas oceánicos”. El estudio resalta que la pesca ha sido una poderosa fuerza en los cambios evolutivos de los océanos. Por cierto que la nota del periódico no lo menciona, pero mucho tenemos que pensar respecto a la costumbre, nada benéfica, de utilizar el fondo marino como un gigantesco tiradero de desechos que no sabemos dónde más aventar (literalmente).
La buena noticia es que, según los autores, aún es posible evitar la extinción masiva en los océanos protegiendo diversas áreas y administrando cuidadosamente las actividades humanas que se relacionan con los mares, “… los programas para rehabilitar poblaciones oceánicas afectadas están aún a nuestro alcance”.
[email protected] @10aRegiduriaTol


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