¿Qué tan lejos vemos en materia de problemas?

Todos los días, todo el tiempo, al realizar nuestra vida cotidiana, nos enfrentamos a situaciones que debemos gestionar para conseguir lo que queremos: quiero ir a un lado, debo ver la manera de desplazarme; quiero adquirir una cosa, debo saber dónde o cómo; quiero deshacerme de algo, debo ver opciones. Esa necesidad de gestiones se complejiza cuando no tenemos claro lo que queremos, cuando lo queremos al mismo tiempo que otros, o cuando no tengo los medios para gestionar su consecución. Ahí es cuando a la gestión necesaria le nombramos problema.   Hay gestiones que se nos complican en lo
junio 15, 2016

Todos los días, todo el tiempo, al realizar nuestra vida cotidiana, nos enfrentamos a situaciones que debemos gestionar para conseguir lo que queremos: quiero ir a un lado, debo ver la manera de desplazarme; quiero adquirir una cosa, debo saber dónde o cómo; quiero deshacerme de algo, debo ver opciones. Esa necesidad de gestiones se complejiza cuando no tenemos claro lo que queremos, cuando lo queremos al mismo tiempo que otros, o cuando no tengo los medios para gestionar su consecución. Ahí es cuando a la gestión necesaria le nombramos problema.

 

Hay gestiones que se nos complican en lo individual y son nuestros problemas personales, hay otros que nos atañen como familia, comunidad o sociedad y se les nombra de esa manera, respectivamente. Y todavía más allá, hay gestiones que debemos realizar como especie y en las que muchas veces no pensamos. Ya no se diga en las que tenemos que realizar como integrantes de la biósfera y que rara vez nos detenemos a reflexionar. Así es: con demasiada frecuencia nos concentramos en los problemas personales, familiares y a veces comunitarios, pero luego la atención va disminuyendo en la medida que la gestión nos parece ajena, lejana.

 

La vida en entornos más inestables o en permanente cambio nos ofrecerán gran cantidad de cosas por resolver para lograr que nuestra vida siga su curso. Y, a la inversa, la vida en contextos con menor dinámica requiere gestiones más sencillas que realizar y más certeza sobre ellas y sus resultados. La vida que hoy tenemos la mayoría de las personas en este mundo se mueve en contextos acelerados, volátiles, en continua transformación; la razón es sencilla: vivimos en ciudades, en metrópolis o hasta en megalópolis. En ellas nos agolpamos y atropellamos unos a otros en búsqueda de resolver las situaciones de la vida. En ocasiones, con una asombrosa armonía, logramos todos gestionar nuestras necesidades y vivimos en paz; pero con mucho mayor frecuencia entramos en conflicto unos con otros  y es cuando las cosas se tornan problemáticas: no alcanzan los espacios, se alargan las filas, se multiplican los demandantes, se agotan las cosas, todo parece ir muy de prisa como para que todos obtengan lo que necesitan y a tiempo.

En tan sólo dos siglos, la población en el planeta se ha multiplicado por cinco: pasamos de mil millones en el siglo XIX a más de siete mil millones actualmente. La mitad de ese total nació en los últimos 60 años. Toda esa gente necesita alimento, agua, vestido, energía, espacio y un sin fin de cosas. Para conseguirlo cada uno hace lo que cree conveniente, y en conjunto hacemos cosas que a un mismo tiempo resuelven los requerimientos inmediatos, pero generan condiciones para que ello se complique a medida que transcurre el tiempo. Ayer podíamos obtener agua, hoy debemos comprarla, quizá mañana haya que pelear por ella. Lo mismo pasa con los alimentos, el combustible y hasta la tierra.

Paradójicamente han sido nuestros inventos (como la agricultura, el motor de combustión interna o el microchip) los que han generado las condiciones para que como especie hayamos crecido tanto tan rápidamente; y ellos mismos están generando consecuencias tales que ponen en riesgo la continuidad del género humano. Al ritmo que crecemos no habrá agua que alcance, ni tierra que cultivar, ni la biodiversidad que nos proporciones los servicios ambientales básicos. Infortunadamente estos problemas nos parecen demasiado lejanos como para ocuparse de ellos. Son las gestiones más inmediatas de nuestra vida las que nos demandan toda la atención y, sin embargo, es necesario, de vez en cuando mirar un poco más lejos.

Los actuales ritmos de crecimiento y consumo nos llevarán a rebasar muy pronto la capacidad del planeta para albergarnos como especie. La ciencia, esa actividad tan humana a la que se le han confiado las respuestas para nuestros problemas, se encuentra ahora en una especie de incertidumbre, porque su quehacer le obligaría a decir que se requieren cambios absolutamente radicales en el comportamiento humano, pero los mismos demolerían buena parte de su quehacer actual. La ciencia ha ayudado a prolongar la vida de las personas, a posibilitar mayor movilidad, comunicación, más alimentos y otras cosas. Pero no siempre más es mejor; y hoy, cuando se requeriría gestionar que haya un poco menos por así convenir a la especie, creo que nadie quiere dar el primer paso. Seguimos mirando muy corto en materia de problemas.

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