La educación en México se encuentra colapsada, no sólo por los edificios dañados o la infraestructura que no soportó el temblor; a ello se agrega otra gran debilidad del sistema: el Estado mexicano no cuenta con previsiones educativas frente a tragedias naturales como la que vivió nuestro país el pasado 19 de septiembre.
Maestros y estudiantes no sabían qué hacer por la falta de protocolos, pero no para resguardarse durante el evento –suponiendo que los simulacros resultaran útiles durante el movimiento telúrico–: quedaron indefensos después de que pasó el temblor; se perdieron tiempos por la ausencia de estrategias.
A más de dos semanas de la tragedia, no hay atención para los traumas diversos que se sufrieron en las escuelas. Las autoridades de todo tipo están enmudecidas respecto a quién o quiénes repondrán los materiales perdidos y sobre todo cómo y dónde se va a trabajar con los alumnos.
Los maestros están pasmados, realizando actos de reclutamiento en escuelas sin alumnos y sin garantías de seguridad; en algunos casos, con arranques de irracionalidad de directivos y supervisores, con constantes amenazas de reportes de faltas a los docentes que no acudan a las instituciones, con el objetivo de aplicar los descuentos a sus ya paupérrimos salarios (por la difícil situación del bajo poder adquisitivo que se vive). Todo ello al amparo de supuestas “indicaciones de arriba” que no saben precisar; es lamentable que, aun en estas circunstancias, el espíritu represor de muchos no disminuye, antes al contrario: les sale a flote con más ingredientes dignos de análisis psicológicos profundos para entender su actuación.
En el panorama nacional, se observa –en conferencias de prensa, en entrevistas– a un secretario de Educación posando en escenarios de la catástrofe, como si fuera parte de una campaña personal. Resulta incomprensible la difusión nacional del “nuevo modelo educativo, educación integral para el siglo XXI”, divulgada el 29 de septiembre en todo el país, en medios impresos (en planas completas, si bien en páginas intermedias ocupa todo el espacio, con costos que pudieron destinarse a otras necesidades de la emergencia educativa). Se ignora si alguien hizo caso a la explicación de su estrategia nacional sobre el aprendizaje del idioma inglés. Ésta conlleva la promesa política de que, en 20 años, todos los egresados de prepa hablarán ese idioma; probablemente suponen que será una herramienta en el siglo XXI… en qué, quién sabe.
La autoridad educativa no reacciona: no hay ninguna propuesta para que los estudiantes sigan aprendiendo en sus casas. Si se sostiene que ellos son el centro de la reforma educativa, ¿por qué han quedado a la deriva y en el olvido temporal? Con la escuela y los maestros ausentes, ¿cómo avanzarán, después de la experiencia vivida? A todas luces no resultan suficientes –ni aportadores, desde ningún punto de vista pedagógico– las estrategias de tenerlos pegados a la televisión esperando ansiosos el rescate de la inexistente “Frida Sofía”. Así no se aprende; los llevaron a la frustración y al enojo. Quizá la mayor “ganancia”, si es que la hubo, fue cuestionarse por qué el engaño de la televisión, para qué jugar con los sentimientos; más de fondo, averiguar si fue una simple distracción o un medio de control político y social.
El inútil reclutamiento de maestros en escuelas sin alumnos representa un extremo riesgoso, que deja la nulidad estratégica para la capacitación de maestros. ¿Dónde queda la tecnología, las plataformas educativas que ofertan educación o los programas educativos de televisión para los alumnos? La inacción de la autoridad educativa es una muestra clara de deficiencia en el ramo pedagógico.
Desgraciadamente, es observable una SEP rebasada, únicamente buscando votos. En las conferencias y entrevistas publicadas no se ha colocado en el centro a los estudiantes y sus aprendizajes; ese lugar lo ocupan la política y las aspiraciones personales del funcionario titular en turno.


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