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Regreso a clases: no habrá “momento ideal”

Regreso a clases: no habrá “momento ideal”

No habrá, al menos en el corto y mediano plazos un momento en el que se pueda decir ya, ahora no hay ningún riesgo, pueden regresar a clases

Las autoridades educativas ya tomaron la decisión: las labores escolares se reanudarán con el inicio del ciclo escolar 2021-2022. El regreso a las aulas para maestros, alumnos, directivos, personal de apoyo, etc. será a partir del último día de este mes de agosto. De manera simultánea, las autoridades sanitarias han venido reportando en las últimas semanas una escalada notable de contagios del SARS-CoV-2, aunque han insistido en que las hospitalizaciones y defunciones no están creciendo al mismo ritmo, gracias al avance en la vacunación, que para estas fechas está rozando los 80 millones de dosis aplicadas.

La inquietud en la opinión pública es si estamos en el momento adecuado para reanudar clases presenciales. Yo pienso que no, pero también pienso que el “momento ideal” no llegará. No habrá, al menos en el corto y mediano plazos un momento en el que se pueda decir ya, ahora no hay ningún riesgo, pueden regresar. La pandemia de Covid-19 seguirá en el mundo por años, la razón ya la hemos comentado en este espacio varias veces: el virus seguirá mutando, van a aparecer nuevas cepas y la vacunación no está ni siquiera cerca de alcanzar a la mitad de habitantes del planeta. Además, es una pandemia como podrían venir muchas más, dada la tendencia hacia el deterioro ambiental irreversible, que está en el fondo de sus causas.

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Si pensamos que lo mejor es esperar a que ya no haya riesgos de contagio en las escuelas para poder volver, pueden pasar años. La vacunación contra la covid-19 en nuestro país, tan sólo para la población adulta, va a llevar todo este año y algunos meses del otro. Una vez que ello ocurra, tendrá que venir otra nueva campaña para vacunar a adolescentes y esperar a que se autorice alguna vacuna para niños, lo cual también podría llevar un año o dos más. Durante ese tiempo, el virus seguirá mutando y habrá otras cepas, distintas a la Delta, que es la que ha ocasionado esta nueva oleada de contagios en gran parte del mundo.

Tómese en cuenta, por otro lado, que el sector educativo mexicano es uno de los que presenta más rezago y abandono desde hace generaciones. Para nadie es desconocido que en nuestro sistema escolar son miles las escuelas que no tienen ni agua potable; son muchísimas las que se mueven en el sistema multigrado; hay las que no tienen sanitarios, las que no cuentan con profesores suficientes, las que han esperado por años ampliaciones, mobiliario, personal, etc. En el país las escuelas de prácticamente todos los niveles tienen carencias. En una circunstancia así es muy complicado observar escrupulosamente las medidas de higiene que erradiquen el riesgo de contagios.

Pero, ojo, lo mismo pasa con otros rubros de la vida nacional, como el laboral, el transporte, la vía pública, el sistema penitenciario y un largo etc. En todos esos ámbitos las medidas para evitar contagios son difícil de observar con rigor. Ello tiene relación directa con el número de contagios que ha tenido el país, así como el número de enfermos y de defunciones a lo largo de 16 meses. No somos un país que tenga la casa en orden como para mantener a raya los contagios. Con todo y todo, ya hace meses que la actividad económica, social, política, administrativa, comercial, deportiva han reanudado labores. La movilidad social ya es muy amplia, por ello el virus (en una sepa más contagiosa como es la Delta) circula profusamente. Sin el número de personas vacunadas que hoy tenemos, esta nueva ola hubiera sido una catástrofe todavía mayor.

Lo podemos constatar: los restaurantes y bares están abiertos, los estadios reciben público, en los cines hay funciones regulares, las plazas comerciales se atiborran cada fin de semana, las playas están abiertas y muy concurridas, lo mismo que parques, balnearios, gimnasios, etc. pero las escuelas siguen cerradas. No puede haber “momento ideal” para reabrirlas y mandar a los estudiantes a sus aulas sin ningún riesgo. Las aulas están deterioradas, abandonadas, vandalizadas y no hay dinero que alcance para dotarlas a todas de los servicios básicos, mucho menos para que todas tengan medidores de CO2, filtros de aire, cubrebocas para darles diario a todos, gel para uso corriente, espacios amplios para guardar la “sana distancia”, pruebas rápidas para aplicar de inmediato a casos sospechosos, sistemas de información para rastrear cadenas de contagio. No nos engañemos, eso no puede existir, no puede exigirse como condición para el regreso a las aulas.

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El riesgo de contagio para los niños existe, la probabilidad de que enfermen también. Los casos de enfermedad grave pueden presentarse y hasta tener un incremento. Eso es fácil de predecir, pero tampoco podemos estar eternamente en las condiciones en las que hoy se imparte la educación, con más simulación que otra cosa. El rezago educativo durante este tiempo de pandemia es ya notorio y los registros estadísticos lo confirmarán pronto (del mismo modo que confirmaron el retroceso en materia de salarios y de combate a la pobreza). Los niños han dejado de ejercitar esas habilidades sociales que el espacio áulico les brinda; los profesores han trastocado todo su quehacer durante el último año, prolongando sus jornadas laborales, pagando su internet, su luz, habilitando sus espacios domésticos como aula, invirtiendo en computadoras, tabletas, celulares; los padres de familia han tenido que arreglárselas para conseguir que sus hijos tomen las clases, hagan las tareas y, en una de esas hasta aprendan. 

Son muchas cosas las que nos ha hecho cambiar esta pandemia. Es un virus muy peligroso, cierto, y hay gente que aún no lo asume, hay resistencias a vacunarse, hay políticos deseando que esto se agrave para capitalizarlo electoralmente. Las redes sociales han hecho también su labor, alentando el escepticismo, propagando rumores, alarmando y desinformando. Si le sumamos todos esos factores, queda claro que el “momento ideal” no vendrá. La decisión tomada por las autoridades va a avanzar y se ha dejado a los padres la decisión de mandar o no a sus hijos a la escuela. Quienes lo hagan deberán involucrarse y comprometerse con los cuidados (que empiezan desde casa) y asumir los riesgos y costos. 

Es altamente probable que la mayoría (sobre todo de las escuelas públicas, de los niveles preescolar, primaria y secundaria) decida no mandar a los niños a sus instituciones educativas. Ante esto se abrirá una nueva etapa en la que las dinámicas escolares serán todavía más inciertas, porque los maestros tendrán que acudir, pero también atender a distancia, porque los avances serán dispares, porque las comunidades de aprendizaje se partirán, porque aquellas escuelas que lleguen a tener brotes eventualmente tendrán que cerrar y luego ver si reanudan y cuándo. El camino va a ser largo y sinuoso.