Don José Sóstenes recuerda los días en que el río Lerma parecía dormido y controlado. En 1955, vio cómo se ensanchaba el cauce, permitiendo que el agua fluyera sin temor a desbordarse. Hoy, a sus 80 años, frente a su modesta casa en el barrio de Guadalupe, en San Mateo Atenco, ve a ese río despertar nuevamente, y teme lo que podría venir.

El recuerdo de tres inundaciones sigue fresco en su mente. La primera, en 1957, fue un recordatorio de lo vulnerable que es esta tierra. Pero actualmente el Lerma amenaza con desbordarse de nuevo, y Don José, como muchos otros, está preocupado.
Una corriente venenosa
Las lluvias de los últimos meses han elevado los niveles del Lerma, cercanos hoy al 80 por ciento, y los desbordamientos se evitan con bombas que trabajan de siete a 10 horas, todos los días, sacando miles de litros por minuto, pero el riesgo está latente.

Además, este no es un río cualquiera; es un cauce donde el agua está impregnada de desechos tóxicos de las industrias y el drenaje de las comunidades cercanas.
Don José, con la piel curtida por el sol y los años, ha estado toda su vida en este lugar, desde 1946 es testigo de cómo las autoridades vienen y van, prometen y se olvidan. «Enrique Peña Nieto, como gobernador y luego como presidente, pasó por aquí sin hacer nada para prevenir las inundaciones», recuerda.
Además, en los últimos años, la autopista Lerma-Tenango del Valle impide el paso natural del agua, creando estancamientos que empeoran las inundaciones.

Don José lo sabe bien; lo ha visto todo desde su casa, y sus nietos, que juegan cerca del río, así como sus hijos que viven en las inmediaciones del Lerma, son su mayor preocupación.
El precio de la tierra y del agua
Las parcelas donde antes cultivaba maíz y haba hoy son tierras muertas, anegadas. La inversión de este adulto mayor, que aún dedica días enteros al cultivo de la tierra, se perdió por completo este año.
Lo que le costó 3 mil pesos por cada una de sus cuatro parcelas es ahora lodo y agua. Las bombas del ayuntamiento funcionan sin descanso, pero nunca es suficiente.

Las cosechas se ahogan, las casas se inundan, y la comunidad vive con el temor de que lo peor aún está por venir.
Memoria de una inundación, el constante recuerdo
Esmeralda Cruz Sánchez, que vive unos kilómetros más abajo de la ribera del Lerma, recuerda la noche en que el borde del río colapsó. El agua, negra y maloliente, entró a su casa mientras dormía. Perdió camas, trastes y otros muebles. Salió de prisa con su esposo, refugiándose donde pudieron, pero al gobierno no le importó. “A los que no perdieron nada, sí les ayudaron. A mí, nada”.

Ella llegó a San Mateo Atenco desde Michoacán hace apenas dos años, buscando una vida mejor, con rentas más accesibles. No sabía de los riesgos, no conocía el poder destructivo del Lerma. Ahora, cada vez que llueve, su mayor preocupación es perder lo poco que ha recuperado.
La amenaza presente
Rosario, dueña de una tienda de abarrotes en San Pedrito, a 300 metros del río, también vive con ese temor. Hace 10 años le tocó una inundación.
Desde entonces, cada temporada de lluvias es una batalla constante contra el agua. Los cárcamos trabajan de noche para contener el desbordamiento, pero sabe que el agua sigue subiendo, y la carretera que antes era un campo de cultivo ahora bloquea el flujo, creando aún más encharcamientos.

La comunidad pide a las autoridades que hagan algo para disminuir los riesgos de una inundación y lograr por fin olvidar esa preocupación que, a pesar del paso del tiempo, siempre persiste.


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