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Sálvese quien lea

La tempestad

 

Para celebrar el día internacional del libro, ¿qué mejor que leer (o releer) al dramaturgo más reconocido y admirado de las últimas cinco centurias de la humanidad? Desde luego, hablo de William Shakespeare, de quien el famosísimo crítico Harold Bloom ha dicho que no sólo es el mayor escritor de todos los tiempos, sino también el más inteligente hombre que ha pisado este orbe, cuya influencia es más alta que la de Homero o Platón (algo exagerada la afirmación, pero no por ello deja de ser relevante para valorar a este grandioso dramaturgo).

No tenía ganas de regresar a “Hamlet”, “Macbeth” o “Romeo y Julieta”, que ya he leído en repetidas ocasiones. Mejor, una comedia que es también muestra de todas las virtudes shakespeareanas: “La tempestad”, compuesta en un periodo posterior a la “frenética y amarguísima concepción de la vida” de las tragedias antes citadas.

Qué mejor que citar las sabias y certeras palabras de Ezequiel Martínez Estrada: “‘La tempestad’ (…) expresa en el juego de las escenas y de los personajes el límite supremo de lo que se le permite expresar a la palabra; con sus diálogos, y sobre todo con sus canciones, la palabra ha dejado de ser un signo de las ideas para convertirse en el signo de los sentimientos y de las intuiciones que trascienden la posibilidad de lo expresable, más próxima a lo que se sueña, a lo que únicamente la música consigue explicar de este mundo, que es una fiesta eterna de maravillas”.