Las aventuras de Tom Sawyer
El gran clásico de los niños –José Joaquín Blanco dixit–, pero no sólo eso: un clásico a secas. Tal se podría calificar a “Las aventuras de Tom Sawyer”, pues la riqueza del personaje creado por Mark Twain no tiene parangón en la literatura: la belleza con que retrata el habla, las costumbres y la cosmovisión de las gentes que vivían a orillas del Mississippi nos conmueve y nos envuelve sin caer en sentimentalismos, sin empalagar ni generarnos melancolía. Con “Tom Sawyer” Twain creó el verdadero arquetipo del estudiante-héroe: travieso, desobediente, irresponsable en la escuela, pero valeroso y caritativo, lleno de bonhomía en los momentos moralmente decisivos.
Así, como afirma José María Merino, miembro de la Real Academia Española, “Tom Sawyer es el primer personaje niño, o muchacho, de la historia de la literatura, dueño y señor de su autonomía novelesca, y acuñará un modelo que, a mi juicio, influye tanto en “Un capitán de quince años”, de Julio Verne, como en el “Kim”, de Rudyard Kipling, o, salvando las distancias, en el Holden Caulfield de “El guardián entre el centeno”, de J.D. Salinger. Y creo que la saga de personajes herederos de Tom Sawyer llega hasta nuestros días, pasando por el Guillermo Brown de Richmal Crompton y la Antoñita la Fantástica de Borita Casas, hasta influir en el mismísimo Harry Potter de J.K. Rowling”. Por tanto, no podemos más que coincidir con su sentencia final: “¿Qué más se le puede pedir a un personaje para reconocerle su autenticidad literaria?”.
Yo agregaría “universal”.


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