El libro y la poesía
Imperecedero, irremplazable, inmortal: el libro, esa amalgama de lo más antiguo y lo más sabio de la humanidad, el milagro que asoma tras el papel –o el dispositivo electrónico, como bien sabemos los habitantes del vigésimo primer siglo d.C.–; y, con él, la poesía, esa “unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio” (García Lorca dixit), ese umbral que vuelve excepcional lo cotidiano, universal lo baladí. Estos son los temas que el poeta Marco Antonio Campos aborda en su “El libro y la poesía”, volumen editado en la Colección Letras del Fondo Editorial del Estado de México.
La obra –ilustrada por Irma Bastida Herrera– se compone de dos secciones, denominadas, llanamente, “El libro” y “Leer poesía”. La primera, fruto de una conferencia que impartió el autor en la capital mexiquense en 2012, abreva en autores que han reflexionado sobre la trascendencia, la musicalidad y el placer que irradian los libros: Borges, Montaigne, Quevedo comparten sus experiencias librescas con este “viajero inmóvil”, aquel que a través de los libros se desplaza a infinitos cosmos.
La segunda es el texto, ampliado y modificado en más de una ocasión, que escribió para la ceremonia de premiación del “Xavier Villaurrutia”, galardón al que se hizo acreedor en 1992; en él, Campos nos empapa de esa devoción, de esa reconciliación –que el verso logra– entre lo fugaz y lo sempiterno.
Una bella “carta de amor (…) hacia dos de las criaturas más entrañables de su existencia”.


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