Sálvese quien lea

Demetrio Rudin Iván Sergueievich Turgueniev no es un nombre que haga retemblar en su centro la tierra literaria, al menos para los lectores del novísimo siglo XXI. Mas, si prestamos atención a algunos de los autores que han admirado su obra –Tolstoi decía que sus relatos son “verdaderas perlas que no están al alcance de cualquier escritor”, mientras que Flaubert arguyó en alguna ocasión que le hubiera gustado ser profesor de literatura “sólo para tener el gusto de explicar sus libros”– y aquellos que han sido influidos por ésta –en donde cabe incluir al mismísimo Henry James–, nos daremos cuenta
abril 17, 2015

Demetrio Rudin

Iván Sergueievich Turgueniev no es un nombre que haga retemblar en su centro la tierra literaria, al menos para los lectores del novísimo siglo XXI. Mas, si prestamos atención a algunos de los autores que han admirado su obra –Tolstoi decía que sus relatos son “verdaderas perlas que no están al alcance de cualquier escritor”, mientras que Flaubert arguyó en alguna ocasión que le hubiera gustado ser profesor de literatura “sólo para tener el gusto de explicar sus libros”– y aquellos que han sido influidos por ésta –en donde cabe incluir al mismísimo Henry James–, nos daremos cuenta de que esa falta de interés por sus textos es harto deplorable y desmoralizador.

“Demetrio Rudin”, narración catalogada por el escritor francés Edmond Jaloux como “la más hermosa novela de Turgueniev”, nos presenta un personaje maravilloso, señaladamente ruso –el propio Rudin–, que llega a un poblado en la campiña a trastornar la vida de un pequeño círculo social: se vuelve la envidia de los hombres y despierta el deseo de las féminas. Y, como han dejado en claro los autores rusos, este embrollo no terminará del todo bien.

El poeta sonorense Álvaro Quijano también era de la idea de que se suele preferir, al hablar de los mejores escritores rusos, a Tolstoi y a Dostoievski; no obstante, él estaba cierto de que en tal clasificación faltaba Turgueniev, pues “sus personajes no tienen la intensidad dramática de Dostoievski ni viven el dilema moral de Tolstoi. Son, sin embargo, más parecidos a nosotros: no deliran, se equivocan; no enloquecen de amor, sólo se sorprenden”.

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