¡Indígnate!
Supérstite milagroso del temible campo de concentración en Buchenwald –tras cambiar, poco antes de ser condenado, su identidad con otro prisionero fallecido recientemente–, diplomático por más de sesenta años, eterno luchador por los derechos humanos (de hecho, fue uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en 1948), Stéphane Hessel nos legó, antes de fenecer, un pequeño panfleto en el cual encontramos un ciclópeo mensaje: hay que indignarse, hay que sentirse verdaderamente ofendidos en nuestra más radical condición humana, ante las injusticias “en la dictadura de los mercados, en el trato a los inmigrantes, a las minorías étnicas”, en particular con los palestinos de la franja de Gaza… Debemos dejar de ser indiferentes y practicar una “insurrección pacífica”. Tal es el mensaje de “¡Indígnate!”.
En el prólogo del libro, José Luis Sampedro nos dice: “Lucha, para salvar los logros democráticos basados en valores éticos, de justicia y libertad prometidos tras la dolorosa lección de la segunda guerra mundial. Para distinguir entre opinión pública y opinión mediática, para no sucumbir al engaño propagandístico”. Un engaño que las partidocracias y los oligopolios mantienen en pos de sus privilegios, dejando más ricos a los ricos y más pobres a los pobres.
Tras generar movimientos como el M-11 español, el “National Post” canadiense afirmó que este libro causó un revuelo similar al del famosísimo artículo “J’Accuse”, de Emile Zola, escrito en 1898 a partir del “caso Dreyfus”.
Luc Ferry nos recuerda, a partir de esta obra, que “la auténtica moralidad comienza con las exigencias que uno se hace a sí mismo”. Así que, ¡a indignarnos todos!


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