■ Octavio el Rabioso
■ El PRI celebra la suma cero
■ El silencio de Viedma
■ Rescalita y la hija del cacique
■ La política de las alcantarillas
Octavio el Rabioso
Como si hubiera escapado de las viñetas de un cómic, Octavio Martínez vuelve a aparecer cuando el olor a pólvora política invade el ambiente. Esta vez encontró en la coyuntura el pretexto perfecto para disparar contra Horacio Duarte y el fiscal José Luis Cervantes. Lo curioso es que su puntería parece sufrir un extraño padecimiento: jamás apunta hacia donde se encuentran los suyos. Para los adversarios exige investigaciones, renuncias y castigos ejemplares; para los aliados siempre encuentra una explicación, una justificación o un conveniente silencio. No actúa como hombre de Estado, sino como un combatiente permanente de las guerras internas de Morena. La indignación selectiva termina pareciéndose más al rencor político que a un auténtico compromiso con la legalidad. Porque quien solo muerde al adversario y guarda silencio frente a los propios no defiende principios: administra lealtades e intereses.
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El PRI celebra la suma cero
Qué tan mal estará el PRI mexiquense que convirtió la incorporación de Rodrigo Samperio en un supuesto golpe político. Lo presentó como un gran fichaje cuando, en realidad, se trata de un político que nunca ha demostrado arrastre electoral propio, que ha brincado de un partido a otro y cuyo nombre difícilmente mueve un solo voto. Es una suma cero. Pero cuando un partido está en la lona, cualquier movimiento intenta venderse como resurrección. Cuando hay hambre, cualquier mendrugo colma. El problema no es Samperio. El problema es un PRI tan disminuido que confunde sobrevivencia con fortaleza y propaganda con realidad. Quien celebra migajas, reconoce sin decirlo el tamaño de su hambre.
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El silencio de Viedma
El caso Lino Rodríguez González no puede leerse solo como una detención más. Tiene tres frentes abiertos: el legal, por las acusaciones de secuestro y delincuencia organizada; el político, por el golpe directo a la Secretaría General de Gobierno; y el administrativo, por la cadena de mando que permitió su permanencia en una posición territorial estratégica. Lino era coordinador general de Gobierno en la zona sur-sureste y su jefe directo era Alejandro Viedma, subsecretario general de Gobierno. Por eso resulta tan penoso su silencio. Ha dejado que Horacio Duarte cargue solo con el costo público, como si la supervisión y el control político fueran conceptos decorativos en el organigrama. En política, callar también comunica. Y en este caso comunica abandono, cálculo e irresponsabilidad.
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Rescalita y la hija del cacique
La salida de Lilia Urbina del PRI tiene más valor simbólico que electoral. Se marcha la hija del cacique, no una dirigente que por sí sola modifique el mapa político del Estado de México. Pero el verdadero exhibido es Elías Rescala. Su coordinación parlamentaria confirma, una vez más, que no ata ni desata. Ni siquiera ha podido mantener unido a un puñado de diputados. El PRI pierde otra legisladora y su coordinador pierde autoridad política. Ahora aparecerá la tentación de Morena de salir a recoger lo que otros desechan. Haría bien en resistirse. Los proyectos políticos se fortalecen formando liderazgo, no acumulando cascajo.
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La política de las alcantarillas
La detención del exalcalde priista Santos Cabrera Cruz confirma que el cambio de régimen también está destapando la cloaca de una clase política que durante décadas confundió el poder con patrimonio personal. Gobernó tres veces Otzoloapan y hoy enfrenta acusaciones por presuntos vínculos con la delincuencia organizada, secuestro y extorsión. Lo más indignante es que el cacicazgo nunca desapareció. Su hija, Esmeralda Cabrera Rodríguez, gobierna hoy el mismo municipio bajo las mismas siglas del PRI. Durante años normalizaron los apellidos hereditarios, los feudos municipales y la impunidad como forma de gobierno. Hoy esa política sale de las alcantarillas porque cambió el régimen y, con él, la decisión de investigar lo que antes se protegía. Lo verdaderamente decadente no es que caigan los caciques; es que durante tanto tiempo nadie se atreviera a tocarlos.

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