¿Por qué las redes sociales ya no fortalecen la socialidad?

Las plataformas digitales dejaron de priorizar la interacción entre personas para convertirse en espacios dominados por algoritmos, entretenimiento y consumo de contenidos.
julio 6, 2026

Pensemos en un hecho paradójico de nuestros días: nunca habíamos tenido más herramientas para “socializar” y, al mismo tiempo, la socialidad —esa que está hecha de lazos profundos, reciprocidad y sentido de pertenencia— parece más frágil que nunca. En efecto, de acuerdo con los datos disponibles, el número de identidades de usuarios en redes sociales alcanza aproximadamente los 5.79 mil millones a nivel mundial. Las más utilizadas son Facebook, Whatsapp, Instagram y Youtube y TikTok; la suma de sus cuentas activas alcanza el equivalente a 70% de la población mundial.

En sus orígenes, las redes sociales digitales prometían algo revolucionario: conectar a las personas abatiendo distancias y temporalidades. Los que abrimos una cuenta en Facebook hace ya casi 20 años veíamos ahí algunas posibilidades reales de socializar. ¿Cuáles? Por ejemplo, superar distancias para comunicarse con amigos y familiares incluso más allá de las fronteras nacionales, reencontrar viejos compañeros de escuela, formar comunidades y ampliar nuestro círculo social hasta límites antes impensables. Cuando uno entraba a esa plataforma en aquellos tiempos, se encontraba con la foto que compartía algún primo, el mensaje de una tía, la foto del recuerdo que subió un amigo de la secundaria y cosas por el estilo.

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Hoy, entro a Facebook y lo que veo son noticias, publicidad, reels de creadores de contenido y, sólo después de un rato de deslizarme por el muro, llego a encontrar algo compartido por una persona que realmente conozco. Lo que me queda claro es que el modelo de negocio —la publicidad basada en atención— cambió todo en esas plataformas a las que se les sigue llamando redes sociales. Para maximizar el tiempo de usuario y los datos recolectados, las plataformas evolucionaron hacia algoritmos que priorizan el contenido que genera reacciones rápidas: likes, comentarios, shares y tiempo de visualización. En pocas palabras, el feed cronológico dio paso al feed algorítmico.

Yo mismo me doy cuenta que en mis redes sociales difícilmente comparto algo personal dirigido a mis familiares y amigos. Comparto lo que creo que resulta de interés, lo que creo que informa u orienta. Me ha ocurrido lo que a casi todos: mi  expresión personal se estandarizó. Así que mis “redes sociales” están ya muy lejos de la reconexión con mi círculo de familiares y amistades; ahora están inmersas plenamente en espacio de consumo pasivo de videos cortos y tendencias virales.

Lo que me queda muy claro es que plataformas como Instagram y especialmente TikTok representan la culminación de esta ruta que han seguido las redes sociales al pasar de la socialidad al entretenimiento. El algoritmo de TikTok no premia la amistad ni las conversaciones significativas; premia el contenido que retiene la atención aunque sea por algunos segundos. En respuesta, Facebook y Youtobe copiaron esta lógica para no perder terreno y ofrecen Reels y Shorts. El resultado es que pasamos más tiempo consumiendo espectáculos producidos por otros (o por nosotros mismos para otros) que interactuando bidireccionalmente con nuestro círculo real de contactos. 

Básicamente estamos invirtiendo tiempo en lazos ilusorios o transaccionales, en detrimento de aquellas relaciones realmente sociales (que implican reciprocidad, responsabilidad compartida, rituales y presencia física o emocional sostenida).

Lo que las ciencias sociales han dejado claro desde hace mucho tiempo es que las los seres humanos tenemos tendencia a entablar relaciones con los demás. Cada uno de nosotros se convierte en un nodo que desarrolla enlaces más o menos estables. Ese es el concepto primigenio de redes sociales. Pero cuando llegó la internet y las plataformas de la web 2.0 permitieron que nosotros compartiéramos información, ese concepto lo expropiaron y hoy parece que red social es esa plataforma a la que nos suscribimos. Pero lo que hoy florece en estas últimas son relaciones parasociales: sentir cercanía con un creador que ni siquiera sabe que existimos. En tanto, los lazos fuertes que requieren esfuerzo (visitar a la familia, platicar con los hijos, darle tiempo a la pareja, etc) se ven desincentivados por el tiempo que pasamos en las redes sociales digitales.

Esta transformación tiene consecuencias profundas sobre el tejido social que tal vez no alcanzamos a ver. Básicamente estamos invirtiendo tiempo en lazos ilusorios o transaccionales, en detrimento de aquellas relaciones realmente sociales (que implican reciprocidad, responsabilidad compartida, rituales y presencia física o emocional sostenida). Hoy a través de WhatsApp o Telegram, por ejemplo, “pertenecemos a comunidades” online que se disuelven cuando cerramos la aplicación o cuando el algoritmo deja de mostrarnos ese contenido. Y cuando eso ocurre, el sentido de pertenencia, que es uno de los pilares psicológicos más importantes del ser humano, se vuelve líquido y condicional.

Nunca habíamos estado tan “conectados” y, paradójicamente, tan solos.

Redes como Instragram, Twich o Snapchat ofrecen, en cambio, una pertenencia performativa: yo publico, recibo validación métrica y, luego, me siento parte de algo. Pero esa validación es frágil y adictiva. Existen varios estudios que asocian el uso intensivo de estas plataformas con mayor percepción de soledad, ansiedad y depresión, particularmente entre adolescentes y jóvenes. 

En suma, nunca habíamos estado tan “conectados” y, paradójicamente, tan solos. El daño al tejido social va más allá de la psicología individual. La fragmentación de la atención compartida erosiona la cohesión colectiva. En el pasado, un barrio, una escuela o un país compartían en gran medida un conjunto de experiencias y referencias comunes. Hoy, cada usuario vive en su burbuja algorítmica personalizada. Esto debilita la capacidad de construir consensos y aumenta la polarización. 

Los algoritmos, optimizados para capturar la atención, amplifican emociones extremas: la ira viaja más rápido que la empatía. Las tribus ideológicas ofrecen un sentido de pertenencia intenso pero tóxico, basado en la oposición al “otro” más que en valores compartidos. Además, la transición de la expresión auténtica a la performance optimizada altera nuestra forma de relacionarnos. Dicho en pocas palabras, las redes sociales digitales no han fortalecido la socialidad; la han transformado, diluido y, en muchos casos, erosionado. 

Quizá la solución no esté en abandonar las redes, sino en recuperar la agencia. Usarlas de forma más intencional: priorizar mensajes privados sobre feeds, limitar el tiempo, buscar interacciones offline complementarias y fomentar comunidades híbridas que combinen lo digital con lo presencial. Las tecnologías no son neutrales; su impacto depende de cómo las diseñamos y usamos colectivamente. Al final, la gran lección de estas dos décadas y media de existencia de las redes sociales digitales es que la socialidad humana no se escala fácilmente mediante algoritmos de maximización de atención. La verdadera conexión requiere fricción, esfuerzo, tiempo no optimizado y presencia. Las redes digitales nos han dado el mundo en la palma de la mano, pero nos han alejado, en muchos sentidos, de las personas que tenemos al lado. Resolver esta paradoja no solo mejorará nuestra salud mental individual, sino que podría ser clave para reconstruir el tejido social desgastado.

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