Hay que decirlo claramente: TikTok no es solo una plataforma de entretenimiento; es una estructura de gobernanza de la atención. Funciona mediante la repetición y la tendencia, premiando no la originalidad, sino la capacidad de replicar un patrón viral. En ese marco, algunos chicos de Toluca, San Luís Potosí o Córdoba, Argentina hacen una inscripción en el baño de la escuela o pegan un papel con la leyenda: “Mañana, tiroteo. No vengan”. Pero, sobre todo, graban la acción y la suben a TikTok.
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En cuestión de minutos, el engranaje institucional se colapsa. Padres de familia en pánico saturan los grupos de WhatsApp, las autoridades activan protocolos de emergencia, se despliegan operativos de revisión de mochilas y, finalmente, las clases se suspenden y se anuncian revisiones cotidianas a las mochilas. El objetivo del «reto» de TikTok se ha cumplido: la realidad física ha sido secuestrada por un simulacro digital.
Estamos habitando lo que Jean Baudrillard denominó la hiperrealidad: un estadio donde el signo ya no representa una realidad subyacente, sino que la precede y la prescribe.
Para entender este fenómeno, debemos abandonar la mirada simplista que cataloga estas acciones como meras «travesuras juveniles» o «falta de valores». Lo que estamos presenciando es una reconfiguración profunda de la experiencia humana, donde la distinción entre el mapa —lo digital— y el territorio —lo físico— se ha disuelto por completo. Estamos habitando lo que Jean Baudrillard denominó la hiperrealidad: un estadio donde el signo ya no representa una realidad subyacente, sino que la precede y la prescribe.
Como usted sabe, vivimos en la era de la conectividad total. Hoy el individuo ya no busca la validación exclusivamente en su entorno inmediato (familia, escuela, comunidad). Hoy, la existencia social está mediada por los algoritmos de plataformas y aplicaciones. En este escenario, los «retos» o challenges operan como los nuevos rituales de paso. Si en las sociedades tradicionales el joven debía demostrar su valor o su pertenencia mediante pruebas físicas o espirituales integradas en la comunidad, hoy el rito consiste en la ejecución de una acción performativa frente a la cámara. El joven «existe» solo en la medida en que el algoritmo lo visibiliza. Esta búsqueda de visibilidad a cualquier costo genera una competencia por la transgresión. Cuando los bailes y las bromas ya no bastan para romper el ruido digital, el caos social se convierte en el contenido más valioso.
Debemos preguntarnos qué significa la escuela para estos jóvenes. Para muchos, la institución escolar ha dejado de ser un espacio de aprendizaje o de refugio para transformarse en un escenario de producción. Los muros, los pasillos y los baños ya no son solo parte de la infraestructura física; son soportes para la intervención digital.
Al anunciar un tiroteo, el estudiante de alguna manera siente que está «hackeando» el sistema de seguridad institucional. En un entorno donde a menudo se siente ignorado o asfixiado por estructuras pedagógicas que no comprenden su realidad digital, el reto le otorga un sentido efímero de poder. Lograr que una institución entera, con sus directivos y cuerpos policiales, se movilice por un mensaje suyo es la máxima expresión de influencia en la era de la atención. Es la recuperación del control sobre el espacio público a través de la perturbación del orden.
El peligro de estos retos no se agota en la falsa alarma. El riesgo es doble. Por un lado, está el efecto copycat o de imitación: la viralidad del reto proporciona una plantilla para aquellos individuos que sí poseen una inestabilidad psicológica real y que ven en la tendencia una invitación a pasar del simulacro al acto. La plataforma, al distribuir masivamente estas narrativas, está, sin quererlo, normalizando la idea del ataque escolar como una opción disponible en el menú de acciones posibles.
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Por otro lado, está la desensibilización sistemática. Cuando una sociedad se ve sometida a constantes alertas falsas generadas por retos virales, el «grito del lobo» termina por agotar la capacidad de respuesta y la vigilancia ciudadana. El tejido social se desgasta, la confianza en las instituciones se debilita y el miedo se convierte en el ruido de fondo de la vida cotidiana.
Ya lo hemos dicho en otras ocasiones en torno de estos temas emergentes: como sociedad, nos enfrentamos a una patología de la conectividad. No basta con prohibir los teléfonos en las aulas o aumentar la vigilancia policial en las entradas de las escuelas. Esas son medidas reactivas que atacan el síntoma, pero no la causa. El problema apunta más hacia la vacuidad existencial que llena el algoritmo y la falta de una ética digital que reconozca la humanidad del otro detrás de la pantalla.
Es imperativo que la educación no solo se ocupe de la alfabetización técnica. Debemos devolver a los jóvenes el sentido de la consecuencia real en un mundo que les dice constantemente que todo es una representación mutable, porque “son sólo baits”. La escuela debe volver a ser un lugar donde se construyan verdades compartidas y no solo donde se escenifiquen ficciones virales.
Por esta razón el “reto” del «mañana tiroteo» es una señal de alerta, no solo de seguridad, sino de salud civilizatoria. Es el recordatorio de que, si no somos capaces de re-humanizar nuestros espacios virtuales y de poner límites éticos a la dictadura del algoritmo, terminaremos viviendo en una sociedad gobernada por el pánico, donde la realidad no será más que un residuo de lo que alguna vez sucedió en una aplicación de videos cortos. La urgencia es clara: debemos rescatar la realidad del simulacro antes de que el caos deje de ser un juego para convertirse en nuestra única forma de relación.

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