La corrupción tiene arquitectura

Las detenciones de exfuncionarios reabren el debate sobre si las investigaciones alcanzarán a quienes diseñaron y dirigieron la red de decisiones dentro del gobierno.
julio 6, 2026
  • Las escaleras se barren de arriba hacia abajo
    La credibilidad de la investigación dependerá de su capacidad para reconstruir toda la cadena de mando.
  • ¿Quién respondía a quién?
    Los vínculos administrativos y políticos de los exsubsecretarios conducen a los niveles superiores de decisión.
  • El director que conduce hacia arriba
    La Dirección General de Personal representa un eslabón clave para entender cómo operaba la estructura.
  • La corrupción tiene arquitectura
    El desafío de la Fiscalía es demostrar si existió un sistema y no únicamente responsabilidades individuales.
  • No es lo mismo inocencia que inocentada
    La defensa mediática no sustituye al proceso penal ni a la decisión de un juez.

Las escaleras se barren de arriba hacia abajo

Existe un viejo principio en el combate a la corrupción: las escaleras se barren de arriba hacia abajo. Si la investigación pretende demostrar que existió una red organizada para manipular la nómina pública, no basta con detener a quienes ejecutaban las operaciones. La reconstrucción de la cadena de mando exige, cuando menos, que comparezcan y expliquen su actuación quienes encabezaban las áreas responsables en distintos momentos: Víctor Curioca, Rodrigo Jarque Lira, Trinidad Franco Arpero, la actual oficial mayor Mónica Chávez Durán, el secretario de Educación Miguel Ángel Hernández Espejel, el exsecretario Alejandro Fernández Campillo, la exsubsecretaria de Finanzas Paulina Moreno García, el actual secretario de Finanzas Óscar Flores Jiménez y el exsecretario de Educación Gerardo Monroy Serrano. No significa que todos sean responsables de un delito; significa que todos forman parte de la cadena de decisiones que la autoridad tiene la obligación de reconstruir. Sólo así podrá saberse si se trató de actos aislados o del funcionamiento de un sistema.

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¿Quién respondía a quién?

Reconstruir la cadena de mando es indispensable para entender el alcance de la investigación. Óscar Guzmán Aragón hizo carrera bajo la tutela de Víctor Curioca, considerado su jefe directo y uno de los principales operadores de la administración de la nómina estatal. Curioca formaba parte de la estructura de la Secretaría de Finanzas, encabezada formalmente por Rodrigo Jarque Lira. En un frente distinto, Sergio Andrés Guerra de la Fuente llegó como subsecretario de Administración y Finanzas de la Secretaría de Educación de la mano de Alejandro Fernández Campillo, procedente del grupo formado en la antigua SCT alrededor de Gerardo Ruiz Esparza. Políticamente, Fernández Campillo era reconocido como un cuadro cercano a Adrián del Mazo Maza, personaje de gran influencia durante ese sexenio. Si la investigación pretende desmontar la red completa, deberá seguir la ruta de esas relaciones de mando y confianza, no limitarse a los funcionarios que aparecen al final de la cadena.

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El director que conduce hacia arriba

Jaime Noé Hernández Bocanegra no era un funcionario aislado dentro del organigrama. Fue colocado por Trinidad Franco Arpero al frente de la Dirección General de Personal, una de las áreas más sensibles del gobierno estatal por su responsabilidad sobre la administración de la nómina y los movimientos de personal. Como oficial mayor, Trinidad Franco no sólo era la superior jerárquica de Hernández Bocanegra, sino la funcionaria obligada a supervisar y evaluar el desempeño de esa dirección. Hoy, el exdirector permanece protegido por un juicio de amparo, y la investigación enfrenta una prueba de credibilidad: si la responsabilidad termina en quien ejecutaba las decisiones o si avanzará hacia quienes diseñaban, autorizaban y vigilaban el funcionamiento de la estructura administrativa. En los casos de corrupción institucional, la cadena de mando no es un dato burocrático; es el mapa para llegar a los verdaderos centros de decisión.

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La corrupción tiene arquitectura

Las detenciones de Óscar Guzmán Aragón y Sergio Andrés Guerra de la Fuente sólo tendrán credibilidad si la investigación reconstruye completa la cadena de mando. La corrupción administrativa no nace en un escritorio de subsecretario; se diseña desde arriba y se ejecuta hacia abajo. Guzmán operaba en el corazón financiero del gobierno y formaba parte del engranaje que administraba la nómina; Guerra controlaba una de las áreas más sensibles de la Secretaría de Educación: el dinero y las plazas. Ambos pertenecían a redes políticas distintas, pero insertas en la arquitectura del poder delmacista. La pregunta que ahora importa no es quién firmó el último documento, sino quién tomaba realmente las decisiones. Si la Fiscalía se detiene en los operadores, habrá castigado a los ejecutores; si reconstruye la cadena completa de responsabilidades políticas y administrativas, entonces sí podrá demostrar que esta investigación pretende desmontar un sistema y no sólo sacrificar a algunos de sus engranes.

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No es lo mismo inocencia que inocentada

Fernando Flores insiste en proclamarse inocente. Está en su derecho. Lo que no puede perderse de vista es que la imputación más grave no proviene de un particular, sino del Estado mexicano, que lo acusa por el presunto delito de abuso de autoridad. La diferencia es fundamental: no se trata de un pleito entre particulares, sino de una acción penal promovida por la Fiscalía General de Justicia del Estado de México. Si el Ministerio Público acredita ante el juez los elementos de prueba suficientes para obtener una sentencia condenatoria, el Código Penal del Estado de México prevé para ese delito penas de prisión, multa, destitución del cargo e inhabilitación para desempeñar empleos, cargos o comisiones en el servicio público, además de las consecuencias jurídicas que correspondan por los demás delitos que pudieran acreditarse. La inocencia se demuestra en los tribunales; las inocentadas sólo duran hasta que habla el juez.

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