Los viejos asesinos
Luis Arturo Ramos es uno de esos narradores que, junto con Jesús Gardea, Luis Zapata, Agustín Ramos y Alberto Ruy Sánchez, consolidaron su voz a finales de la década de los ochenta (Domínguez Michael dice que alcanzó entonces una “voz madura”); sin embargo, desde 1981 ya se percibía esa narrativa “que ha incorporado a la literatura temas nuevos, ha roto diques, expuesto costumbres y desmitificado muchas nociones”, como en los cuentos que aparecen en “Los viejos asesinos”.
Como bien indica el título, todos los cuentos giran en torno al asesinato, ya sea “accidental”, “premeditado”, “con alevosía y ventaja”, e incluso “misterioso”: un doctor que se reencuentra con un hombre de su juventud, que posiblemente busca venganza; un joven que se avienta un “clavado”, y que nunca sale a la superficie (o, al menos, eso parece); un hombre que porta un rifle con mira telescópica, y sube a una torre para comenzar los disparos; un asesino a sueldo que entra a un cabaret, sólo para saberse víctima.
Algo que podemos percibir en estos relatos es una marcada influencia cortazariana: todos parecen circunscribirse en relatos fantásticos con un final y una lectura abiertos, ambiguos, con un narrador que a ratos parece poco fidedigno. Asimismo, nos encontramos con personajes obsesivos, que actúan de forma irracional, pero que –como bien señala Raymond L. Williams, de la Kansas City University– crean sus “mundos ficticios muy particulares” a partir de objetos claves: ventanas, escaleras, puertas forjan “una obsesión relacionada con un trauma” que genera el desarrollo de las distintas tramas.


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