El androide y las quimeras
En agosto pasado perdió la vida Ignacio Padilla (quien no alcanzó a cumplir el medio siglo), pero “la presencia de su literatura está garantizada, no sólo por la elevada calidad de su prosa y las chispas de su ingenio incandescente, sino también por la variedad de géneros que conquistó”, nos dice Jorge F. Hernández. Reconozco que no había leído nada de su obra, mas en ese momento me parecía morboso comenzar a leerlo. Sé que el adagio reza “el mejor homenaje a un escritor está en leerlo”, pero quería dejar pasar ese periodo elogioso y glorificador en que todos hablan maravillas del fallecido.
Ahora que ya comenzamos 2017, me acerqué a “El androide y las quimeras”, antología de apenas doce cuentos, pero que sirven de excelente muestra para constatar el talento de quien, como señaló Carlos Fuentes, “representa la continuidad y el refortalecimiento de la literatura en nuestro país”: historias que van desde la supuesta creación de una tercera parte de “Alicia en el país de las maravillas” hasta Edison y su obsesión por crear una muñeca parlante, pasando por una niña que desentierra fósiles perfectamente conservados u otra que ha crecido a la intemperie, viviendo salvaje y bárbaramente (cabe añadir que un par de cuentos obtuvieron el Premio de Relatos NH y el XXI Premio Internacional de Relatos Policiacos Semana Negra, respectivamente).
“Su muerte impone un día negro para las letras mexicanas, para el arte del país, para la reconfiguración permanente de su identidad, para su día a día. Una lengua pierde a uno de sus orfebres aventajados”, pronuncia Luis Bugarini; no en balde la revista francesa “Lire” lo coloca entre los cincuenta narradores más importantes para el siglo XXI.
Requiéscat in pace.



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