Sálvese quien lea

Artifictium El Siglo de Oro y el modernismo son, sin duda, los dos momentos cumbre en la historia de la literatura en español: Cervantes, Góngora, Quevedo, Lope de Vega, Sor Juana, por un lado; por el otro, Lugones, Martí, José Asunción Silva, Amado Nervo, Rómulo Gallegos, encabezados por el gran Rubén Darío. Todos piezas emblemáticas, que dieron lustre y garbo a nuestro idioma. En este nuevo milenio, empero, un autor busca emular –sin siquiera rozar– tales proezas lingüísticas y literarias, en su primera novela; se trata de Jorge García-Robles y su libro “Artificium”. La historia termina siendo una aventura fantástica:
octubre 15, 2017

Artifictium

El Siglo de Oro y el modernismo son, sin duda, los dos momentos cumbre en la historia de la literatura en español: Cervantes, Góngora, Quevedo, Lope de Vega, Sor Juana, por un lado; por el otro, Lugones, Martí, José Asunción Silva, Amado Nervo, Rómulo Gallegos, encabezados por el gran Rubén Darío. Todos piezas emblemáticas, que dieron lustre y garbo a nuestro idioma.

En este nuevo milenio, empero, un autor busca emular –sin siquiera rozar– tales proezas lingüísticas y literarias, en su primera novela; se trata de Jorge García-Robles y su libro “Artificium”.

La historia termina siendo una aventura fantástica: Lafcadio Kisfaludi, un quinceañero, descubre los placeres concupiscentes, comer y copular. Desinteresado de todo lo demás (trabajo, escuela) decide recorrer el mundo (ah, por cierto, él vive en Vulgaria Occidental, y más tarde conocerá Stupitania y Fanatisladia), donde conocerá a seres inconcebibles y disparatados menesteres: mujeres que han reconstruido y mejorado todo su cuerpo, con lo que resulta imposible saber su edad; la comida ACHA (Alta Cocina Híper Artificial), “la comida más suculenta, exquisita y salubre que existe”; el “Eroticus Orbis”, un “híper búnker erótico de 365 pisos”, y cosas por el estilo.

Lo “interesante” de esta novela, pues, es que su autor pretendía recuperar el Siglo de Oro y el modernismo, asemejarse a la picaresca española: el texto está lleno de ornamentos, de una sintaxis laberíntica, exceso de metáforas e hipérbaton… “Antes de escribir”, dijo el autor en una entrevista, “leía a Rubén Darío o a Góngora”. Lástima que no leyó a Huidobro, pues sabría que “el adjetivo, cuando no da vida, mata”. Se siente engorroso y muy forzado tanto adjetivo sin ton ni son.

El libro termina siendo un interesante pero fallido experimento. Pero bueno, sirve al menos para conocer muchos términos arcaicos y neologismos que podrían tener un mejor uso.

 

 

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