Sálvese quien lea

El Carretero de la Muerte   Selma Lagerlöf fue la primera mujer en ser galardonada con el Nobel de literatura; sus obras más destacas son “La leyenda de Gösta Berling” y “Jerusalén”: la primera, de corte más romántico, se ve opacada por la construcción de la segunda –que, de hecho, regirá toda su producción posterior–, enmarcada en un ámbito más lírico y mucho más religioso. Sin embargo, no es de ninguno de estos relatos de los que quiero hablar en este espacio, sino de un breve texto acorde con la época pre-prenavideña que nos invade desde ya: “El Carretero de
noviembre 12, 2017

El Carretero de la Muerte

 

Selma Lagerlöf fue la primera mujer en ser galardonada con el Nobel de literatura; sus obras más destacas son “La leyenda de Gösta Berling” y “Jerusalén”: la primera, de corte más romántico, se ve opacada por la construcción de la segunda –que, de hecho, regirá toda su producción posterior–, enmarcada en un ámbito más lírico y mucho más religioso. Sin embargo, no es de ninguno de estos relatos de los que quiero hablar en este espacio, sino de un breve texto acorde con la época pre-prenavideña que nos invade desde ya: “El Carretero de la Muerte”, un texto que, sin referencia o relación alguna –aclaro–, irremediablemente nos recordará el magistral “Un cuento de Navidad”, de Dickens.

La historia comienza con sor Edit, una noble y generosa joven, perteneciente al Ejército de Salud, quien se encuentra moribunda justo en la víspera de año nuevo. Antes de fenecer, pide hablar con David Holm; extraño requerimiento, pues este hombre ha demostrado ser de la peor calaña posible: borracho, golpeador, machista y misántropo. Holm no acude pues prefiere embriagarse, con un par de conocidos, en el cementerio, en donde les relata la extraña historia del Carretero de la Muerte, un chocante individuo quien recoge las almas de los muertos para llevárselos a su patrona, la Muerte misma. Se supone que, precisamente cada noche última del año, el empleador cambia de subordinado, por lo que, cuando Holm yace malherido, a punto de morir, y escucha el rechinar de las ruedas de una carreta, el lector bien sabe quién se acerca (pero no se me malinterprete; aún a sabiendas del camino que tomará el texto, resulta un excelente relato).

En “El Carretero de la Muerte”, como bien dice en la presentación José Luis Alonso, aparecen los rasgos característicos de nuestra autora: “un romanticismo en el que la experiencia amorosa se enlaza dialécticamente con el código religioso, sin que sufrimientos redentores, transfiguraciones angélicas o lecciones moralizantes estorben el trazo seguro y rápido de personajes y situaciones; un humanismo que busca, en desventuras, miserias y desórdenes del más oscuro arrabal, la clave de una elevación espiritual; una diestra conducción del relato donde la escasa complejidad psicológica de los personajes se ve compensada por el vigor descriptivo y las notas de una ironía que incursiona sorpresivamente entre los cataclismos del ser”.

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