Los paseos de la Verdad
Posiblemente la pluma mexicana más incisiva de principios del XIX, José Joaquín Fernández de Lizardi fue no sólo un severo crítico de los poderes gubernamentales, industriales y eclesiásticos (de todo aquel que incumpliera o adecuara la ley para beneficio propio), sino un verdadero intelectual, estudioso del arte, la literatura, de la pedagogía, de las lenguas muertas… en fin, de todo lo que involucraba la vida y las variopintas costumbres novohispanas y de principios del México independiente. Amén de ser muy jocoso, como lo de muestra su crónica “Los paseos de la Verdad”.
La veracidad semi encarnada se corporiza ante nuestro autor durante el sueño nocturno, quien lo invita a realizar un paseo para que desentrañe un poco más la deplorable condición humana; así, descubrimos que la Verdad increpa a un sereno que no sólo no vigiló sino que ayudó a realizar el robo en cierto domicilio; también conoceremos a un empresario que ignora cualquier noticia que aparezca en los periódicos, excepto aquello que afecta directamente sus dividendos (no importa si asesinan a algún trabajador, sino que no haya hurto pecuniario), e incluso visitaremos el camposanto, en donde la airosa dama le presentará un diálogo entre un par de difuntos y un reciente fenecido, quien les informa que, respectivamente, su albacea –en quien depositó toda su confianza– dilapidó su fortuna y dejó a sus hijos en la calle, mientras que la mujer del otro casose prontamente, pues aún no se enfriaba el muertito, con el mejor amigo de aquél.
Una visión irónica y mordaz, pero precisa y puntillosa, de un verdadero hombre de letras; ojalá regresáramos a Fernández de Lizardi con mayor constancia.


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