Son las ocho de la mañana del 3 de junio, en San Mateo Atenco. La tormenta ha cesado hace más de quince horas, pero la ciudad permanece sumergida. Las aguas negras, esas que llegan cada año sin falta, no retroceden. En los barrios de San Pedro, La Concepción, Reforma y Buenavista, el agua se ha vuelto rutina. No se drena. Se queda. Como la resignación.
Desde Tollocan, una neblina invisible de humedad y podredumbre lo envuelve todo. Bajo el arco de bienvenida —símbolo del municipio, hoy irónico en su nombre— los comerciantes achican sus locales con cubetas, mientras algunos vecinos tratan de contener el desastre con compuertas caseras.
“Tenemos una compuerta, pero aun así se pasa el agua”, cuenta una mujer que lleva más de dos décadas viviendo en la zona. “Cada año es lo mismo. No tenemos muchos muebles porque se nos dañan por el agua. Ya sabemos que hay que alzar todo”.



El abandono tiene rostro y nombre
Una vecina relata entre el lodo: “Ahorita vino una señora grande, vive sola, ya no puede con el agua. Nadie la ayuda. Tiene ya hasta la mitad de la pared llena de agua”. En su voz no hay alarma, hay costumbre. Como si el desastre fuera una estación más del año.
En las calles, el agua arrastra más que desperdicios: se lleva la dignidad de quien año con año debe reconstruir desde cero. Los rostros hablan de fatiga. Pero también de claridad: “Yo creo que no es solo el gobierno”, dice otra mujer, “es también la ciudadanía. Contaminamos demasiado. Sale basura de las coladeras… animales muertos, incluso”.
Las brigadas municipales hacen acto de presencia. Las bombas trabajan, pero son insuficientes frente a una infraestructura rebasada. “Llevan años haciendo obras que no ayudan en nada”, sentencia una locataria que ha tenido que invertir miles de pesos en maquinaria afectada por la humedad. “Cada máquina vale veinte mil pesos. Repararlas, mil cada una”.



Enfermar por respirar
En los muros de las casas quedan las huellas de la inundación: manchas, grietas, olor rancio. Pero el daño va más allá de lo visible. “Sí hay daños a la salud”, dicen:
“Porque es agua sucia. Cuando está estancada y cuando se seca, todo el polvo vuela. Dolores de estómago, infecciones en los ojos”.
Y el éxodo se vuelve una opción real. “Sí, me voy a mudar”, dice una de ellas, con la voz tan baja como definitiva.



La basura, el síntoma de una ciudad herida
Botellas flotan como balsas náufragas. Bolsas, colillas de cigarro y envoltorios de frituras se amontonan en las esquinas, atrapados por la marea urbana. La lluvia, siempre puntual, se lleva lo peor y lo devuelve multiplicado. Muchos vecinos asumen su parte: “Nos falta cultura”, dicen, mientras otros lanzan la mirada hacia las autoridades. La culpa, como el agua, se reparte.

Las brigadas municipales aparecen. Son visibles, pero no suficientes. Sus bombas trabajan sin tregua, aunque el agua no entiende de esfuerzo humano. La magnitud del problema los desborda, como se desbordan las coladeras y los canales, como se desborda la paciencia.

Una cuenca que se niega a absorber
El Atlas de Riesgos de San Mateo Atenco lo advierte con frialdad técnica: el municipio está asentado sobre una cuenca natural. Donde antes había campos de absorción, hoy hay viviendas. El agua ya no tiene por dónde irse. La lluvia, cada vez más intensa, colapsa los drenajes.

“Que busquen una solución… otras salidas para que el agua se vaya”, ruegan las vecinas. Pero sus palabras, como el agua, parecen estancarse.




La ciudad sumergida
Las imágenes —las que no se mojan— confirman lo evidente: el municipio entero se ha ido transformando en un laberinto de concreto sobre suelo blando. Cada vez que el cielo se abre en tormenta, la tierra responde cerrándose, negándose a absorber. Y entonces, solo queda esperar. Que baje el nivel. Que vengan las brigadas. Que llegue un nuevo gobierno. Que, algún día, deje de llover.
Pero mientras tanto, San Mateo Atenco sigue allí, flotando entre promesas, desechos y recuerdos de un tiempo más seco.


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