Marruecos fue el escenario para otro capítulo entre México y Argentina; un duelo marcado históricamente por el dominio albiceleste en todas las categorías, con un antecedente aún doloroso: la eliminación tricolor en el Mundial Sub-20. Ahora era turno de los menores, de esos que avanzaron de panzazo, pero que jamás se achicarían.
En la meta estaba un portero Diablo: Santi López. El único representante del Toluca en la justa, pero dueño absoluto del arco mexicano. Su debut no fue el soñado; un error suyo costó la derrota ante Corea del Sur.

Pero Santi sabe lo que es tocar la gloria. Con Necaxa levantó un título de liga antes de llegar a tierras mexiquenses, donde dio el salto a un equipo grande y entrena con dos expertos en penales: Luis García y Hugo González. Seguro algún consejo le soplaron para lo que, horas más tarde, sería el pase mexicano.
El partido fue intenso, parejo, con ambos equipos conscientes del peso mediático de verse las caras. El clásico de redes, una rivalidad que levanta pasiones y marca generaciones enteras en esta amistad latina llena de historias.

Argentina pegó primero: 1-0. Pero los nuestros no bajaron los brazos. Le dieron la vuelta con una actuación sublime de Luis Gamboa, autor de dos goles. En el ocaso del encuentro, los nervios le jugaron una mala pasada al que más tarde sería héroe: Santi salió mal en un tiro de esquina y Argentina empató. El nervio, los fantasmas y el pesimismo se reflejaban en los rostros de quienes acompañaban desde la grada.
El tiempo se diluyó y todo se decidió desde los once pasos. Santi, con el respaldo de sus maestros diablos, con personalidad y temple, no sintió frío. Se hizo enorme para aguarle la fiesta a los sudamericanos atajando el primero. Penal tras penal, nadie fallaba. Hasta que llegó el quinto, el del gane. Y Santi levantó la mano. Quería culminar la obra, cual Tiago Volpi, como Vega, como mexicano que no se raja. Tomó la redonda y la picó con clase, con elegancia, con alegría.

Y así se llenó de gloria. México eliminó al acérrimo rival y avanzó a octavos de final. El Diablo mexicano, desde Marruecos, mandó a Argentina al infierno.


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