Por supuesto que las alianzas funcionan. Objetivamente, PRI, PAN y PRD no tenían opción mas competitiva que esa; aunque en buena medida represente también una aglutinación de desprestigios, es tácticamente correcta y legal. En las elecciones federales anteriores les fue muy mal, tanto que casi desaparecen del mapa de la representación popular… apenas pudieron ganar en conjunto en cuatro de los 41 distritos. Si el siguiente año logran mas que eso, la pragmática movida les habrá salido.
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El mayor riesgo al que se exponen con su alianza será facilitar al elector el razonamiento de su voto de castigo. Juntos, los tres en un cuadro de la boleta, será como matar a tres perdices con un solo perdigón. Apostar por una elección de contraste, de tú a tú frente a Morena y acompañantes, tiene su grado de temeridad.
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Los electores que votarán el siguiente año son prácticamente los mismos de 2018, aquellos que castigaron en las urnas al PRI, PAN y PRD votando en su contra y dejándolos en los huesos. ¿Para junio siguiente habrán cambiado ya radicalmente de opinión? Esa es la interrogante por resolver.
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Los partidos proponen y los electores disponen. Nadie debería sentirse ofendido o indignado. Sencillo, si no le gusta lo que hacen o dicen, no vote por ellos: los ciudadanos tienen el poder de elegir. El asunto de fondo está en que la autoridad electoral no permita que se les engañe para que puedan tomar una decisión bien informada y con plena conciencia.
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Donde las cosas se le complican cada vez más al triunvirato es en la elección local: no hay condiciones para llegar a acuerdos e ir juntos por diputaciones locales y alcaldías. PAN y PRD están muy interesados, pero en el PRI hay resistencias lógicas. Los optimistas piensan que si se juntan el pastel a repartir se hace mas grande, por el contrario, los pesimistas entienden que es el mismo pastel que se comía uno solo, pero ahora tendría que repartirse entre tres.


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