Si ese México solidario, articulado, consciente y actuante no esperara a la desgracia para mostrarse; si su existencia fuera permanente y no ocasional, este país sería otro: uno mucho mejor.
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Inspira, emociona, conmueve ver a mexicanos arriesgando la vida y compartiendo lo que tienen con otros connacionales que sufren. Pero igual avergüenza, indigna y enfurece ver a esos otros mexicanos vivales, abusivos, miserables, que buscan en la confusión y el caos de las desgracias una oportunidad de sacar ventaja, ganancia, raja, como el politiquillo que se para el cuello y saca la selfie, o el crápula que se hace pasar por damnificado para quedarse con despensas o cualquier ayuda. A México le urge depurarse de esa escoria.
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Joquicingo, Ocuilan, Malinalco y Tenancingo son parte de ese Estado de México rural, atrapado en el tiempo, empobrecido, del que sólo se habla o que únicamente se visibiliza cuando algo malo sucede. Allí están muchos de los pobres entre los pobres, aquellos que viven todavía en casas de lodo, arcilla, adobe o como quieran llamarle. Casas menesterosas, donde regularmente habitan más de seis personas. Esa gente del sur –a la que habitualmente se le margina–, más que ayuda lo que necesita es un plan de Estado que la saque del atraso; más que asistencia, políticas públicas.
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Los sismos nos enseñan qué tan bien hecha está la obra pública. No es una casualidad que en Ocuilan todas las escuelas estén dañadas y muchas completamente destruidas. Sí, en parte fue la furia del temblor, pero también la fragilidad por la mala calidad de las construcciones. Detrás de muchos derrumbes está una historia de corrupción. Eso debe cambiar.
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Como gobernador del Estado de México, a Alfredo del Mazo González le tocaron los terremotos de 1985; un año antes, lo sorprendieron las terribles explosiones de San Juan Ixhuatepec, que dejaron más de 600 muertos y dos mil heridos. El ánimo popular estaba roto y la indignación era grande. Hoy, 32 años después, su hijo Alfredo del Mazo Maza inicia su gobierno enfrentando otro desastre –muy menor comparado a los de entonces, pero también duele y afecta–. De esas coincidencias que dejan atónito a cualquiera. Arranque de administración difícil, complicado. Ojalá lo que siga sea mucho mejor.
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Ahora sí, donde le rascan sale pus. Los que se fueron dejaron para llorar la administración pública estatal. Los nuevos funcionarios están sorprendidos del grado de desorden con el que les entregaron el gobierno. Los excesos no tenían límite; como ejemplo, la oficina de Erasto Martínez, a la que mandó forrar de mármol italiano. Todo tenían: pillos y nacos.


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