Trainspotting
Aclamada como uno de los acaecimientos literarios más importantes de la década de 1990, “Trainspotting”, de Irvine Welsh, es una novela “Desigual, desordenada, confusa y tan anárquica como sus protagonistas”, como bien traza José Serralvo. El que suscribe reconoce que sólo conocía el filme de Danny Boyle, aunque siempre se mantuvo la “cosquillita” por leer el material original. Finalmente, tras muchos ires y venires, llegó a mis manos, así que a leerle que es mole de olla.
Los protagonistas, oriundos de un Edimburgo de finales de la pasada centuria, son parias sociales: drogadictos, alcohólicos, residen en los bajos fondos, en barrios paupérrimos (“un mundo de miseria, de precariedad perpetua, de vulgaridad, de extrema violencia”, continúa Serralvo).
Quizá el principal problema de acometer la obra de Welsh sea la traducción: a lo mejor del otro lado del charco la terminología empleada por Federico Corriente funcione, y sientan como propia la jerga escocesa, ese “áspero, colorido, vigoroso lenguaje de las calles”; mas a su servilleta lo dejó impávido, indiferente: por más que traté de concentrarme en la lectura, me parecía tan ajeno su argot, tan distantes sus voces y locuciones, que nomás no me gustó.
Desde luego, la novela tiene muchos méritos, pero ojalá algún día ocurra alguna de dos cosas: que los derechos en español lleguen a una editorial connacional que incorpore nuestro malsonante léxico, o que domine suficiente el inglés para que pueda leerlo de corridito, sin un diccionario de dudas, en su idioma original.
Tal vez así pueda encomiar o repudiar esta obra en su justa medida.


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