No hay vitrina más transparente para exhibir el arribismo de un político que su propio discurso. Éste es, sin embargo, su instrumento elemental. El político no puede permanecer callado; pronunciarse, deslindarse, adherirse, declararse o reivindicar algo son actos de discurso esenciales para él. El problema viene cuando el político se enfrenta a un tema que en realidad nunca ha sido el suyo (en el sentido de dirigir su conciencia al mismo); es decir, algo que para él no representa una inquietud a la que deba dedicarse tiempo para reflexionar y entender.
Una pieza casi didáctica para entender esta arma de doble filo que es el discurso para los políticos, la encontramos en el evento celebrado al inicio de esta semana en el municipio de El Oro, donde buena parte de la estructura directiva del PRI en el Estado de México se dio cita para “celebrar el Día Internacional de la Lengua Materna”, según dice el boletín emitido al respecto. Siempre de acuerdo con este último, el dirigente tricolor en la entidad, Carlos Iriarte Mercado, habría dicho que “a través de la lengua materna los mexicanos tenemos pertenencia e identidad”. Como puede apreciarse, la diferencia entre referir un singular (la lengua) o el plural (las lenguas) es, de entrada, indicio claro de que no se sabe que la UNESCO declaró el 21 de febrero como Día Internacional de la Lengua Materna para revalorar el uso de “las lenguas maternas” en el fomento al multilingüismo y la diversidad cultural.
Pero eso no es todo, enseguida el señor Iriarte habría subrayado “la importancia de que las nuevas generaciones conserven su dialecto”. Como muchos saben, hay una gran diferencia entre lengua y dialecto. Dice la Academia Mexicana de la Lengua que “los sistemas de comunicación verbal o escrita que se establecen de manera convencional se llaman idiomas o lenguas. Algunos ejemplos son: el español, el inglés, el náhuatl, el chino, el maya, el zapoteco, el portugués, el japonés, el francés, el alemán, etcétera. Estos sistemas se manifiestan en dialectos, que son los modos particulares o regionales en que se usan las lenguas.” Pero el dirigente tricolor insitió: “el aprendizaje de los dialectos tiene que ser continuo y permanente en la población infantil, pues son los niños quienes los defenderán en el futuro y, así, su conocimiento y práctica continuará presente en las siguientes generaciones”. A estas aulturas del discurso, ya es un poco difícil saber si se está refiriendo a los diferentes modos de hablar el español, a las distintas lenguas que existen en México, o a las modalidades regionales de cada una de ellas.
Pero en el remate de su discurso “reconoció la labor que realizan tanto el gobernador, Eruviel Ávila Villegas, como el presidente de la República, Enrique Peña Nieto, ya que con acciones y programas específicos impulsan las tradiciones indígenas”. Quizá esté demás aclarar que la lengua no es una tradición, porque lo que resulta más que evidente es la sofística (esa técnica de hacer pasar el discurso o las imágenes aparentes como reales) del señor Iriarte.
En efecto, hablar es inherente a hacer política; ser convincente es característica de un buen político; pero recurrir a la simulación, a la vaguedad, al lugar común y al elogio obsequioso son rudimentos. Hacer un evento intentando mostrar cercanía a la gente, comprensión de la pluralidad y preocupación por la inequidad, requiere documentarse un poco, informarse del tema y luego articular una comunicación lógica de las ideas.
Como lo hemos dicho en otro sitio (http://www.redalyc.org/pdf/694/69419240005.pdf) la creación de un campo discursivo que haga visible a los indígenas no necesariamente se traduce en un sistema jurídico que posibilite su existencia ontológica. Hablar de los pueblos originarios en nuestro país ha cumplido la doble función de fuente de identidad nacional y de culturalización indígena con fines de visibilidad taxonómica que explican la diversidad pero también la utilizan.
Se puede señalar que, a partir de la última década del siglo XX, algunos pueblos indígenas empezaron a establecer planteamientos específicos en defensa de sus derechos, que van desde el reconocimiento constitucional de la composición pluriétnica de la nación hasta demandas de autonomía y autodeterminación; pero a dichas demandas los personajes políticos aludidos han respondido con represión y manipulación.


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