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Toluca, nuestro monstruo

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Toluca, nuestro monstruo

La historia del “Monstruo de Toluca” nos recuerda, a los que nacimos y crecimos en esta ciudad, que ya hace tiempo que nuestra Toluquita perdió la inocencia

Muchas veces la ciudad se comporta como una bestia. Ese animal monstruoso, de miles de ojos, garras y estómagos parece triturar y devorar a los cuerpos más frágiles. La vida en la ciudad siempre tiene mucho de anonimato, de soledad, de oscuridad. En las grandes ciudades siempre ocurren actos atroces. Pareciera que en la medida que la ciudad crece también se incrementa la sordidez de los personajes que engendra.

La ciudad de Toluca se convirtió, a lo largo de las últimas tres o cuatro décadas, en una bestia de esa especie. De pronto, era ya una gran mancha de cemento y acero que apiñaba a cientos de miles de habitantes. Fue tragándose silenciosamente a los municipios aledaños, y lo que hoy administrativamente se conoce como su zona metropolitana se convirtió en ese ser ominoso en donde se encuentran historias sumamente lúgubres.

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Una de esas historias tuvo otro capítulo la semana pasada: el llamado “Monstruo de Toluca” fue encontrado culpable de asesinar a una joven de 23 años y se le sentenció a 62 años de prisión. Esta sentencia se suma a otra que ya había sido dictada en su contra por violación en contra de una compañera de escuela. ¿Cómo olvidar a esta personaje cuya detención fue noticia a nivel internacional por la frialdad con la que reconoció sus crímenes (al menos 4 mujeres, algunas de ellas sepultadas en su casa de la colonia Villa Santín), incluyendo a su propio padre, cuando apenas era un adolescente?

La historia del “Monstruo de Toluca” nos recuerda, a los que nacimos y crecimos en esta ciudad, que ya hace tiempo que nuestra Toluquita perdió la inocencia. Se convirtió en una gran urbe con toda la malicia que en ella puede caber.

El caso del “Monstruo de Toluca” condensa la perversidad acumulada en las grandes urbes. Durante varios años este asesino serial victimó a varias personas, la mayoría de ellas mujeres; abusó de ellas y, sin que aparentemente nadie en su colonia se diera cuenta, las enterró en su misma casa. De no haber sido por la familia de la última de sus víctimas, que lo ubicó, avisó a la policía y “montó guardia” afuera de su casa, porque sabían que ella estaba ahí, muy probablemente la lista de sus homicidios hubiera sido mayor. 

Durante el tiempo en el que la policía lo buscó (poco más de un mes), él no solo publicó en redes sociales mensajes en los que de alguna manera alardeaba sobre el número de víctimas, sino que ridiculizaba a la policía que no era capaz de encontrarlo. Sin duda, se trata de uno de esos personajes que solo la atribulada vida de las grandes urbes puede engendrar. 

Una grabación de la charla que sostuvo con su madre, cuando se encontraba ya preso, nos permitió conocer un poco de su forma de ver la vida. En ella le decía a su madre: “Yo nomás quería que mis mascotas estuviesen bien. Si mis mascotas están chidas, de mí que sea lo que sea… Como ya no te he visto, no sé si te enseñaron la grabación. O sea, todo lo que dije, pues sí es neta, para qué te miento, para qué te echo choro. Sí, yo maté a papá… yo lo maté… a la hermana de tu novio, o sea, sí me la estoy pasando gacho, pero es lo que es. Soy un asesino, tampoco es para que me la esté pasando chido”.

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Incluso para los toluqueños, a veces esta ciudad nos parece inmensa, extraña y perversa. Cuando conocemos de casos como este no podemos sino asimilar que hay miles y miles de personas que viven aquí en las peores condiciones sociales, económicas y de seguridad. La total ausencia de humanidad y empatía que encontramos en casos como el referido, en muchas ocasiones se topa con la indiferencia. Ese es quizá el mayor problema: las interacciones en la ciudad con demasiada frecuencia son vaciadas de humanidad, empatía y solidaridad.

La ciudad tiene la apariencia de una bestia. El tipo de sociedad que habita en ella la construimos entre todos. Cuando casi un millón de personas se aglomeran en sus soledades individuales se dan las condiciones para que el monstruo nos devore. Así es como las ciudades se convierten en espacios de peligro y desprotección. 

Cuando niños nos dejaban jugar en la calle incluso en la noche, nos mandaban por las tortillas, el pan o a la escuela caminando solos. Hoy eso ya suena a barbaridad para cualquier padre. Me pregunto, como se cuestionaba Carlos Monsiváis, “¿en qué momento se le confiere a la violencia el papel de deux ex machina, de sinónimo fatal del destino urbano?”.